482 HIS-MODERNA: SOCIEDAD. MUJER

HIS-MODERNA: SOCIEDAD. MUJER


Se sentó en uno de los rincones más 
oscuros del silencioso salón y cerró 
los ojos, pero no con el deseo de 
quedarse adormilada para olvidar… 
se presentaron a su recuerdo los 
días y las horas ya vividos, y los fue 
revisando lentamente en medio de 
aquel silencio que sólo interrumpía 
con su tictac el gran reloj de bronce.

Henry James 
Retrato de una dama 


La toilette', 1742. Óleo sobre lienzo. / FRANÇOIS BOUCHER

Espacios cerrados, luz en penumbra y una mujer como protagonista de la escena, entregada a una tarea de la vida diaria, familiar o íntima. Las escenas domésticas constituyen unos de los subgéneros más atractivos de la historia del arte.  La toilette (1742) de François Boucher reproduce un interior lujosamente decorado con motivos orientales. Dos mujeres parecen hablar mientras se arreglan, ante la presencia ínica de un gato que duerme en el suelo. Fue en Francia durante el siglo XVIII donde se popularizaron los retratos de figuras femeninas en el marco de sus estancias privadas y dedicadas a la lectura de libros o cartas, al descanso o a las escenas de toilette. La obra de François Boucher (1703-1770) es un excelente ejemplo de este tipo de representaciones. En La toilette, una mujer se coloca una liga mientras observa a su dama que le muestra un tocado. El interior está ricamente decorado y muchos de los elementos del 
mobiliario, como el biombo o la porcelana, obedecen a una estética infl uida por el diseño de origen chino que contagió las artes decorativas europeas durante el siglo XVIII y que fue principalmente asimilado por el Rococó. Frente a la chinoiserie, el japonesismo estará 
muy presente en el arte europeo y americano durante la segunda mitad del siglo XIX. La reapertura de los puertos comerciales japoneses favoreció la llegada de objetos como abanicos, lacas, quimonos y grabados que invadieron Europa y América y que llenaron las casas de artistas como Degas, Whistler o Chase.


La mujer en el Antiguo Régimen

"Durante el Antiguo Régimen, el concepto que se tenía de la mujer y de su papel social sufrió importantes modificaciones. Las nuevas pautas, introducidas en el siglo XVI a partir del humanismo cristiano propugnado por Erasmo de Rotterdam, no rompieron del todo con la misoginia heredada de los tiempos medievales. Si bien encontramos mujeres humanistas, cultas e independientes, como Doña Mencía de Mendoza, el cometido de la mujer es fundamentalmente doméstico. Tres son sus funciones básicas: ser buena madre y esposa, ordenar el trabajo doméstico, y perpetuar la especie humana. Fray Luis de León en su obra La Perfecta Casada recoge la doctrina del Concilio de Trento y traza el perfil ideal de la mujer: modesta, recatada, obediente, sacrificada, defensora del propio honor y del familiar, educadora de los hijos, etc. Pero este perfil no era del todo real. En la España del XVII eran corrientes las relaciones prematrimoniales, y como no se contraía matrimonio por amor, abundaban el adulterio, los hijos bastardos y el aborto."

LA MUJER DEL RENACIMIENTO

Un estudio completo sobre el Renacimiento no puede dejar de lado el tema de la mujer y así lo ha entendido Eugenio Garin en su libro El Hombre del Renacimiento, que incluye un texto sobre la hembra renacentista debido a la mano de Margaret L. King, el cual trata a su vez un amplio temario, muy actual, ya que la mujer contemporánea es la recipiendaria directa de esos modelos donde comienza a apuntar la señora moderna, sus modos, usos y costumbres y sobre todo cierta actividad intelectual-espiritual que, con innumerables dificultades –lo cual es una constante válida aún hoy día– se abre campo en el camino del Conocimiento. Así, se dan en el Renacimiento a la par que la vía conventual que incluía la meditación, la soledad y el silencio en el claustro, siguiendo la tradición medieval, igualmente el camino del hogar como imagen de la unidad familiar, y el mantenimiento del fuego perenne de la vida, y una actividad profesional independiente aparte de las labores de tejido y aguja europeas, que aún hoy subsisten, igualmente presentes en casi todas las culturas arcaicas. Estas últimas tareas que se efectúan con base matemática y simbólica han sido particularmente fomentadas en las sociedades tradicionales, entre otras razones, por la concentración y la paciencia (arma del alquimista) necesarias para realizarlas, amén de lo principal: el simbolismo que implican, y que los artesanos ritualizan.

Al margen de estas actividades tradicionales –la aguja, el convento y el hogar– surgen contemporáneamente otras formas de acercamiento al espacio de lo sacro por parte de la mujer ya sea de modo culto, cortesano, o artístico-filosófico, relacionados con la teúrgia Ficiniana, e incluso con la magia popular –cuerpo de creencias y ritos inmemoriales– que vuelven a tomar forma, con una particular virulencia, en el periodo de la Contrarreforma, lo que da lugar a las conocidas "cazas de brujas" y a la sangrienta represión inquisitorial. No más allá va la mujer de esa época que tendrá que esperar hasta el siglo XX para llevar a cabo otras posibilidades y afianzarse en ellas.

Todo esto sin duda es tema en la Utopía, de Tomás Moro (1516), que según se piensa es, tal vez, la obra que inaugura el período renacentista en este asunto y que da lugar –junto a las obras de Juan Luis Vives, Instrucción de la mujer cristiana (1523), Baltasar Castiglione, El Cortesano (Il libro del cortigiano, 1528) y Cornelio Agrippa, De la nobleza y preeminencia del sexo femenino (1529)– a las primeras manifestaciones literarias en pro de la libertad femenina; otros autores señalan a Bocaccio (Las Ninfas de Fiésole, 1342-46) como un antecesor de los nombrados, en especial de la literatura amorosa dedicada a las damas donde Venus derrota a la restrictiva y casta Diana.
En efecto, es importante buscar en Utopía, que tantas cosas nuevas aporta al pensamiento de la época, como la comunidad de bienes, el divorcio, y la posibilidad del sacerdocio femenino, el papel asignado a la mujer en una sociedad ideal, o mejor arquetípica, que proyecta de modo reflejo los valores de la ciudad celeste en el medio social e histórico en que le ha tocado vivir al ser humano, con las particularidades que le caracterizan.

En ese sentido es interesante destacar que en la lectura de esta obra, parece, desde el comienzo, que Tomás Moro asigna a la hembra paridad junto al varón englobados ambos en el ser humano, al que simplemente a veces se denomina hombre7, aunque por cierto se establecen diferencias entre los sexos, o mejor, se destacan rasgos distintivos o funciones correspondientes a ellos, como iremos viendo.

Para comenzar a efectuar un somero análisis del aspecto que actualmente nos ocupa de dicho libro, destacaremos que, a diferencia de la República de Platón, en que en gran parte se inspira, se apoya en la unidad familiar formada por la pareja hombre mujer-hijos como núcleo de todo el aparato sociopolítico; en contrario de la obra de Platón donde tanto los bienes como las mujeres son comunes e intercambiables al igual que el colectivo de niños

Verdad es, empero, que el propio Platón en Leyes VI 771-772 y ss. habla de casamientos "para compartir y procrear hijos" e incluso establece penas económicas para aquellos que no se uniesen pasados los treinta y cinco años, es decir que modifica y atempera la radicalidad del diálogo anteriormente mencionado, basando la institución matrimonial en la procreación y educación de los hijos, pensando en el bien del Estado. Y precisamente este planteo parece ser el que adopta Moro a lo largo de su obra.

Es así que:

"en Utopía hombres y mujeres, sin excepción, han de aprender uno de los oficios ya mencionados,"

(agricultura, sastrería, herrería, albañilería, manipulación del hilo y la lana)
"las mujeres, sin embargo, por su constitución más débil, se dedican a trabajos menos duros, ya que trabajan casi exclusivamente la lana y el hilo (pág. 122-23)."
No obstante la mayor parte consagra el tiempo libre al estudio y asisten a clases los que han sido elegidos entre ellos, que son un gran número:

"tanto de hombres como de mujeres de todas condiciones"

aunque

"los trabajos de cocina más sucios y molestos se encomiendan a los criados. En cambio, a cargo de las mujeres está la cocción y aderezo de las comidas, y en una palabra, toda la preparación de la mesa"

donde en paridad:

"en el centro de la mesa principal se sitúan el sifogrante con su mujer."

Pero:

"la mujer no se casa antes de los dieciocho años. El varón no antes de los veintidós. Tanto el hombre como la mujer convictos de haberse entregado antes del matrimonio a amores furtivos, son severamente amonestados y castigados. Y a ambos se les prohíbe formalmente el matrimonio, a menos que el príncipe les perdone la falta. Incurren en gran infamia el padre y la madre de familia en cuya casa se comete el delito, por haber descuidado su obligación de velar por sus hijos. Castigan tan severamente este desliz previendo lo que sucedería si se tolera impunemente un concubinato efímero y pasajero. Nadie estaría dispuesto a dejarse prender por los lazos del amor conyugal, en el que hay que compartir la vida entera con una sola persona, soportando además los inconvenientes que esto trae consigo. Por lo demás, los utopianos toman en serio la elección del cónyuge, si bien, su rito es ridículo y absurdo. Una dama honorable y honesta muestra al pretendiente a su prometida completamente desnuda, sea virgen o viuda. A su vez, un varón probo, exhibe ante la novia al joven desnudo."

Aunque se establece que:
"Entre ellos, el vínculo conyugal apenas se rompe más que por la muerte, salvo en casos de adulterio o de costumbres absolutamente insoportables. En estos dos casos, el senado da permiso a la parte ofendida para volverse a casar."

Y poco más adelante aclara:
"la misma experiencia demuestra hasta qué punto ninguna belleza de la mujer le recomienda tanto al marido como su entrega y limpieza de costumbres. Son muchos los que se dejan seducir por su hermosura, pero no hay nadie a quien no rinda su virtud y dedicación."

Para finalizar se indica la separación por grupos de hombres y mujeres en el Templo y se afirma:

"las mujeres de los sacerdotes son las mujeres más selectas del pueblo. Hay también sacerdotes mujeres, si bien no son muchas y sólo viudas o de edad avanzada (págs. 162 a 191)."

En todo lo cual se sigue a Platón en República V 455d donde se consigna que:
por consiguiente, querido mío no hay ninguna ocupación entre las concernientes al gobierno del Estado que sea de la mujer por ser mujer ni del hombre en tanto hombre, sino que las dotes naturales están similarmente distribuidas entre ambos seres vivos, por lo cual la mujer participa, por naturaleza, de todas las ocupaciones, lo mismo que el hombre; sólo que en todas la mujer es más débil que el hombre.

No obstante en el estudio de Margaret L. King antes mencionado la autora se resiente del papel femenino en el Renacimiento, considerando tal vez el rol de la mujer actual, sin señalar suficientemente que las raíces de esta "liberación" contemporánea se encuentran –para bien o para mal– en el periodo histórico al que estamos aludiendo, en su restitución de los valores clásicos, especialmente los griegos, en donde se otorga a lo femenino un papel preponderante como bien puede advertirse en su mitología, tema al que volveremos más adelante.

Sin embargo la autora después de pasar revista a las funciones de la hembra en esa época (siglos XIV a XVII), particularmente a la de procreadora –los contratos matrimoniales se hacían bajo esta luz, pero tenían fundamentalmente en cuenta los intereses políticos y económicos de las bodas, y no estaban fundamentados en el amor– pasa a señalar otras posibilidades de las féminas en distintas actividades que excedían a la de las vírgenes y madres.

Respecto a estas últimas no sólo en el Renacimiento –heredero de la Edad Media– se les ha atribuido a las mujeres este papel esencial, derivado de la propia naturaleza de las cosas, y las labores que les son inherentes, o sea las de la crianza de los hijos y el orden del hogar, sino que no hay tradición que no las haya sacralizado en su panteón, así como que todas han apuntado siempre hacia los trabajos de hilado, tejido y costura, por medio de cuyo simbolismo las hembras cumplían sus ritos sapienciales, aunque hoy, frente a la mentalidad moderna estas funciones se encuentran más o menos desprestigiadas.

En cuanto a las vírgenes baste citar a las vestales romanas, o a las servidoras de los santuarios incas, entre otros muchísimos casos, para determinar la validez de este acceso femenino a lo sagrado, por lo que tampoco difieren tanto con las monjas cristianas y sus conventos renacentistas.

Respecto a las amazonas, la tercera de las categorías femeninas, con la que concluye, y a las que equipara a viudas y viejas por su emancipación de esposo e hijos respectivamente, hemos de advertir que no se corresponden con una ínfima parte de la población como haría pensar esta última categorización de King, sino que las dichas amazonas, como mujeres liberadas de las labores domésticas o la sujeción a otros, eran muchas y su función estaba más extendida de lo que esta esquematización podría hacer suponer, ya que su poder e importancia se manifiesta en ese tiempo de un modo contundente en diversas clases económico-sociales, en diferentes oficios y a distintas edades, aunque ellas no estuviesen munidas de títulos universitarios, ni disfrutaran la competencia y la supremacía con los hombres en las actividades más profanas e insignificantes, como hoy. Y si su número no es cuantioso, tampoco lo es hoy en día, ni en la antigüedad, el de las mujeres –o el de los varones– dedicados al Conocimiento.

Esta postura se debe a desvalorizar la cultura popular, subterránea, marginal, que aún actualmente subsiste en nuestras ciudades y campos y que conforma el grueso, el tronco, diríamos, de nuestro acervo heredado y que desgraciadamente hoy no ocupa lugar en la Historia de las Ideas. El peso de las culturas arcaicas en Occidente ha sido disminuido por la hegemonía cristiana, y sin embargo constituye la parte sustancial de nuestro legado. Y nos referimos aquí tanto a Europa como a la exportación de sus conceptos, religión cristiana, usos y costumbres, a América, donde se funde mediante el mestizaje, de sangre o educación, con el trasfondo indígena.

Ese torrente cultural que ambulaba por los campos o permanecía toda la vida sin moverse de su terruño estaba conformado tanto en la Edad Media como en el Renacimiento por una masa anónima, en la que participaban muchas mujeres, que cumplían su labor cotidiana bajo la tutela de diosas femeninas, –las del parto por ejemplo– donde interpretaban unas funciones asignadas a su sexo, amparándose en aquellas deidades antiguas, como las aludidas en los Misterios de Isis narrados por Apuleyo en el Asno de Oro o las iniciaciones eleusinas. U otras diosas locales –según dónde– que fueron finalmente absorbidas por la mitología griega y romana y adoptadas por el cristianismo modificándose levemente en el correr de los años las formas en que el panteón se manifestaba.

Este es el caso por ejemplo de las antiguas mujeres inspiradas, las encargadas de la profecía, las que aseguraban el destino de los seres humanos, y sólo mencionaremos las Pitonisas de Delfos y las Sibilas –Cumas– como ejemplo. Para ello, debemos recordar que esas funciones conformaron la espina dorsal donde se articuló la verdadera historia de Occidente. Basta nombrar a Alejandro Magno, que ligó Oriente y Occidente, labor cuyo origen debe buscarse en los mandatos de mujeres plenas del entusiasmo profético entregadas a una misión que formó, in stricto sensu, la historia actual, es decir la del mundo occidental, y transmitió las ideas fecundadoras de ese mundo. Ya que todos somos hijos de una madre determinada, que a su vez es hija de otra y así indefinidamente en una cadena que no puede dejar de tener un Arquetipo, una matriz cósmica que todo lo generaba –y sigue haciéndolo– como modelo de la energía anónima del sexo femenino.

La fuerza de la mujer en el Renacimiento es de hecho una traducción al tiempo, lugar y forma, de lo que se ha dado en llamar en el mejor de los sentidos el eterno femenino, que supera en ámbito y vigor a lo que fuera la situación socioeconómica de la mujer visualizada de modo actual y siempre en comparación con su paredro masculino. La Sra. King, acaba su artículo, diciéndonos que la época del Renacimiento sólo fue válida para los hombres y que aún las mujeres aguardan la esplendorosa época del renacimiento femenino. Abonando este criterio podemos leer en El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, otra obra prototípica de dicho período, lo que sigue:


"Y estoy convencido de lo siguiente: es mejor ser impetuoso que prudente, porque puesto que la suerte es como una mujer, para someterla hay que pegarle y maltratarla. Y se puede ver que se deja vencer más fácilmente, y por eso, como mujer que es, siempre es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más fieros y la gobiernan con más audacia."
No les tocó a las damas del Renacimiento ni ser condottieras (aunque alguna hubo) ni banqueras ni negociantes, tampoco artistas, pero sí muchas de ellas recluidas tras rejas conventuales entregaron su vida al Conocimiento y la Sabiduría, las más de las veces en base a la intuición intelectual. También en el hogar como Cristina de Pizán que mientras mantenía a su familia, a causa de la viudez, se dejó llevar por el pensamiento y la inspiración y descubrió las claves de la Ciencia Sagrada. Y muchas de esas desgraciadas y penosas profesiones antes citadas sólo las han adquirido con el proceso histórico, perfectamente análogo al descenso cíclico en el que hoy estamos casi tocando fondo.

La igualdad hombre-mujer no se da en base a planteamientos personales y de profesión sino que se produce por ser ambos hijos del Dios y la Diosa primigenios (Urano y Gea por ejemplo, entre los griegos), y poseer ambos un reflejo, aunque fuere invertido, pero suficiente, de la chispa divina, para pasar ellas a ser candidatas al Conocimiento, es decir herederas de la Sabiduría para lo cual toda valoración profana e historicista es sólo un aspecto secundario del asunto.

Mientras hombres y mujeres no encontremos la unión en el Conocimiento que prodigan dioses y diosas y no podamos mantener la imagen de la unidad del Cosmos, cada vez serán más irreconciliables los sexos, opuestos pero sin conjunción, enfrentados el uno con el otro, pese a las necesidades de todo tipo que no podrán solucionar conjuntamente. Lo cual significa la mayor fragmentación cósmica, donde ninguna armonía será ya posible.
No hay primacía del hombre sobre la mujer desde el punto de vista de la Tradición Hermética en cuanto al Conocimiento se refiere. Las diferencias son culturales y por lo tanto en otros ciclos históricos la situación no ha sido "favorable" al hombre sino a la mujer, lo cual no quita ni pone nada desde el punto de vista esencial; son pues cuestiones secundarias que no tienen por qué afectar a las damas que se entregan a la Ciencia Sagrada; las que harían bien en tomar a sus dificultades y a las pruebas que les tocan en el camino del Conocimiento como distintas a las de los varones en lugar de dejarse desanimar por situaciones que nada tienen que ver con lo principal.

Además era una mujer, la diosa griega Tiqué –la Fortuna– la que amparaba la ciudad terrestre, reflejo cosmogónico de la utópica ciudad del cielo, o academia numénica.

Por nuestra parte en el estudio sobre "Los Libros Herméticos", hemos mencionado algunas alquimistas y hermetistas femeninas del Renacimiento; reproducimos aquí sus nombres: Isabelle von HL. Geist, Bárbara de Gilli, Sabina Stuart de Chevalier, Marie le Jars de Gournay, Cristina de Suecia, lo mismo Catalina de Médicis luego esposa de Enrique II de Francia, que en parte coinciden con la enumeración de Cornelio Agrippa en Sobre la Nobleza y preeminencia del sexo femenino. Con respecto a nuestras antepasadas hispanas citaremos a dos escritoras, a Teresa de Ávila (1515-1582) que llama a la ciudad celeste castillo interior y a la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), discípula de Athanasius Kircher, ya en plena Ilustración, secuelas intelectuales del Renacimiento.

Sin embargo, no son sólo este conjunto de damas conocidas y de un nivel cultural determinado –muchas de las cuales ejercieron directamente el poder– las que queremos destacar aquí, sino volver a esa inmensa masa de mujeres a las que ya nos referimos y cuyas vidas y actividades no han sido registradas por la historiografía, las que, por ejemplo, aparte de ejercer la obstetricia eran también sanadoras; para estos últimos menesteres tenían a su disposición toda la botica de su tierra: botánica, mineralógica y zoológica; igualmente las adivinas, intérpretes del destino, las sibilas y pitonisas ya nombradas, profetas de pueblos y guardianas de lugares sagrados, amén de las fabricantes de ungüentos y productos de belleza; y las peluqueras, manicuras y pedicuras, modistas y costureras, damas de compañía, incluso prostitutas y criadas, personal que circundaba las cortes y por lo tanto tenía acceso igualmente a la información y el poder.

Ese conjunto sapiencial vinculado con la teúrgia era combinado con el conocimiento de los periodos agrícolas, las lunas, las fases de siembra y recolección, el ciclo anual, el mensual y diario, o sea la idea de ciclo y de reiteración, heredados de costumbres y ritos precristianos y que eran profesados por mujeres a las que la Inquisición llamaba brujas, y que se han hoy olvidado, a la par que por otro lado lamentablemente ellas perdían cualquier vinculación con su origen y las mancias y la curación eran explotadas por simples charlatanas.

Todo este personal no sólo fue reprimido sino exterminado por el fuego en toda Europa y pese a que hay poca información, sí la suficiente para podernos dar una idea sobre la muerte, el castigo y la tortura que sufrieron esas damas. Igualmente merecen nuestro recuerdo las religiosas más o menos anónimas víctimas de la Contrarreforma y la Inquisición; es decir del fanatismo y la ignorancia que, en este caso, tuvo como víctimas a la par de los hombres a muchísimas mujeres.

FUENTE: FEDERICO GONZALEZ 

El antiguo mercado del pescado en el Dam, Ámsterdam'. 1650. / EMANUEL DE WITTE
Una actividad exterior clásica del ámbito femenino: la compra. El mercado, pese a ser un espacio público, es visto como un escenario en el que se prolonga la vida doméstica

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