255 HISTORIA ESPAÑA. S.XX. JUAN CARLOS I



JUAN  CARLOS I ,  REY DE ESPAÑA



GONZALO GOYTISOLO


El Reinado de Juan Carlos I figura ya en los libros de Historia como una de las etapas de mayor estabilidad política en el devenir de España. Estabilidad de la que se ha derivado un claro proceso de profundización democrática, progreso económico, proyección internacional y convivencia sociopolítica. Ninguna de estas conquistas se habría alcanzado en tan altas cotas, y todavía menos consolidado, si el Rey no hubiese asumido un papel dinamizador y aglutinador, al mismo tiempo que discreto en las formas, dentro el proceso de la Transición abierto tras la muerte de Franco. El Monarca pudo haber tomado muchos caminos. Escogió el más acertado; una ruta que, con sus luces y sombras, nos ha permitido ser protagonistas de una de las mejores experiencias colectivas de entendimiento pacífico y búsqueda constructiva de soluciones a los problemas, como de hecho lo fue el paso de la dictadura a la democracia consagrada desde 1978 por nuestra Constitución.

"Lo que se produjo en España en 1978 no fue un restauración real, sino la instauración de una monarquía democrática parlamentaria de nuevo cuño",


Desde que nació en Roma en el exilio, toda la vida de Don Juan Carlos ha estado centrada en la misma idea: España. Una tierra que empezó a amar en la distancia y por la que siendo un niño tuvo que renunciar a lo más querido: su familia. Su padre, Don Juan de Borbón, empezó muy pronto a inculcar al joven Príncipe que ambos compartían una misión, restaurar la Monarquía en España, pero sería una Monarquía parlamentaria en una España democrática. El nuevo Monarca habría de ser el Rey de todos los españoles, un Rey que reconciliara a las dos Españas que acababan de desangrarse en una Guerra Civil.

Desde el primer momento, Don Juan se ocupó de forjar en su hijo, a golpe de renuncia y disciplina, un carácter fuerte que pudiera soportar las pesadas cargas de su destino. Con solo ocho años,«Don Juanito», como le llamaban los más próximos, fue enviado al rígido internado de Ville Saint Jean de Friburgo, en Suiza, donde experimentó por primera vez el amargo sentimiento de la soledad y el olvido. Su padre prohibió a su madre, Doña María de las Mercedes, que le llamara por teléfono durante las primeras semanas, con el fin de endurecerle el carácter. Tiempo después, allí tuvo que superar, sin más compañía que la de su preceptor, Eugenio Vegas Latapié, una operación en el oído izquierdo, que requirió varios días de ingreso hospitalario y que le afectó para siempre a la audición.

Sólo una vez, y ya mayor, Don Juan Carlos incumplió la norma que le habían inculcado de pequeño de que los hombres no lloran en público. Fue en el entierro de su padre, el hombre que no pudo reinar en la España que tanto amaba, pero a quien los españoles despidieron con una impresionante manifestación de duelo y afecto que ya hubieran querido para sí otros Reyes.

Mientras el Príncipe seguía estudiando en Suiza, Don Juan trataba de negociar con Francisco Franco la restauración de la Monarquía, pero el general le daba largas. Franco estaba de acuerdo con que, a su muerte, se restableciera la Monarquía, pero no en la persona de Don Juan, contra quien orquestó campañas difamatorias. Más proclive se mostraba con el Príncipe, pero aún tardaría veinte años en reconocerlo.
En aquel momento, se decidió que si el niño iba a ser Rey de España algún día, lo mejor era que se educara en su país. Y a los diez años el pequeño Don Juan Carlos volvió a separarse de sus padres, que vivían en Estoril, para pisar por primera vez la tierra que amaba su familia y cuya situación tanto les hacía sufrir. La vida en España no fue fácil para Don Juan Carlos, que creció en medio del enfrentamiento entre Franco y su padre y en un ambiente poco favorable a la Monarquía. Pero todo fue más difícil y mucho más triste tras la muerte de su hermano menor, Don Alfonsito, en un trágico accidente mientras jugaban con un revólver en Estoril.

Cuando tenía 24 años, se casó en Atenas con la Princesa Doña Sofía, hija del Rey de Grecia, y la boda, a la que asistieron cinco mil españoles, se convirtió en una verdadera manifestación monárquica. El matrimonio se instaló en un antiguo palacete situado en La Zarzuela, que acababa de ser rehabilitado. La familia creció con la llegada de lasInfantas Elena y Cristina y el Príncipe Felipe, que aseguraron la continuidad de la Dinastía. Mientras Don Juan Carlos esperaba que llegara el momento de ser proclamado Rey, soñaba con cómo debía ser España después de Franco.

Ese momento llegó el 22 de noviembre de 1975. Hasta entonces, la historia de nuestro país en el último siglo y medio había sido la historia de media España contra la otra media. Aquel día, Don Juan Carlos habló de un futuro distinto al afirmar que quería ser «el Rey de todos los españoles». Con una mezcla de esperanza y temor, comenzó una nueva etapa que, a pesar de la actual crisis económica, pasará a la historia como el periodo más largo de paz, convivencia, libertad y prosperidad que han conocido los españoles. Si no se hubiera tejido una sólida red de protección social a lo largo del Reinado, los efectos de la crisis habrían sido mucho más dolorosos.

En 1969, Franco designó como heredero a Juan Carlos, una decisión que rompía la continuidad y la legitimidad de la línea Borbón. Franco quería que la nueva Monarquía fuera exclusivamente suya. Si el heredero actual va a ser Felipe VI, rey constitucional, es porque Juan Carlos traicionó a Franco. Tener que jurar lealtad a las Leyes Fundamentales le preocupó enormemente. Necesitó asegurarse de que el juramento no le iba a atar para siempre al régimen, y sus asesores legales le convencieron de que todas las leyes franquistas podían reformarse o incluso revocarse. Franco esperaba de él que prolongase la dictadura y no fuera más que un mascarón al que el almirante Carrero Blanco mantendría por el camino debido.
Cuando Carrero murió asesinado, en diciembre de 1973, Franco humilló a Juan Carlos y no le incluyó en la decisión de nombrar al inflexible Carlos Arias Navarro.

Año y medio después de la proclamación de Don Juan Carlos, el Rey devolvió la soberanía al pueblo, que acudió a votar el 15 de junio de 1977 en las primeras elecciones de la democracia, y alentó la redacción de una Constitución que, a diferencia de las seis anteriores que había tenido España, contara con el consenso de todas las fuerzas políticas. También por primera vez, la Constitución de 1978 fue ratificada por el pueblo español en referéndum.



 Juan Carlos tuvo que ver cómo Arias navegaba sin rumbo durante la oleada de inflación y la agitación obrera posteriores a la crisis energética. Tras la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, el nuevo Rey pasó seis meses angustiosos. Tuvo que neutralizar a los franquistas mientras sus asesores, encabezados por Torcuato Fernández Miranda, preparaban el proyecto de reforma política. Se vio obligado a mantener a Arias como primer ministro al tiempo que intentaba convencer a la izquierda de sus intenciones democratizadoras. El gran salto fue, en el verano de 1976, el nombramiento de Adolfo Suárez para encargarle la siguiente y fundamental fase del proceso. Fue una gran apuesta que podía suponer el éxito o el fracaso de la Monarquía, pero las apariciones públicas del Rey como comandante en jefe y sus reuniones privadas con oficiales ayudaron a contener la hostilidad militar; el futuro rey Felipe no dispone de esa ventaja, aunque es de esperar que no afronte la misma hostilidad de entonces.


Resistió a las presiones y contribuyó de forma crucial a impedir el golpe militar del 23 de febrero
Tras las elecciones de junio de 1977, la democracia no fue verdaderamente viable hasta que el Ejército y la mayoría del pueblo vasco se sumaron al proceso. La violencia antidemocrática de derecha e izquierda dificultaba la construcción de un marco constitucional de consenso, y el respaldo real fue crucial para la consolidación de la democracia. El Gobierno necesitó su presencia constante como jefe supremo de las Fuerzas Armadas y sus incansables esfuerzos para no caer aplastado entre el terrorismo vasco y la rebelión militar. La espiral de violencia causada por la intensificación del terrorismo de ETA provocó una reacción de la extrema derecha que acabó por alcanzar al propio Rey. Cuando dimitió Suárez, en enero de 1981, los militares presionaron para formar una coalición encabezada por un general. Juan Carlos resistió a las presiones y contribuyó de forma crucial a impedir el golpe militar del 23 de febrero. Aquella noche fue un punto de inflexión en la Transición y en el papel del Rey, que posteriormente se quejó a los líderes de los principales partidos de que estaba harto de ser el bombero de la democracia, siempre apagando fuegos.
  
Al principio del Reinado los hechos se sucedían a un ritmo frenético. Y también las dificultades. En un solo mes, febrero de 1981, el Rey tuvo que hacer frente al boicot de los abertzales en la Casa de Juntas de Guernica, y al intento de golpe Estado del 23-F, que frustró con firmeza y acabó con los fantasmas del pasado.

Tras la abrumadora victoria socialista en las elecciones del 28 de octubre de 1982, Juan Carlos dejó de ser un bombero y se convirtió en un jefe de Estado constitucional más al estilo de la reina Isabel II de Inglaterra. No obstante, tanto el terrorismo como la subversión militar continuaron, y ETA planeó matarle en junio de 1985, diciembre de 1986 y octubre de 1997. Sus relaciones con Cataluña han sido más fáciles. Con sus numerosas visitas a Barcelona, ha querido consolidar la presencia catalana en la democracia española y aumentar la popularidad de la Monarquía en la región. Aun así, el sentimiento antimonárquico de Esquerra Republicana sigue vigente y será el primer problema serio que afrontará Felipe.

  En apenas diez años, nuestro país se adhirió a la OTAN e ingresó en la CEE, el Rey se convirtió en una figura respetada en todo el mundo y de gran influencia internacional, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 España mostró al exterior una imagen de éxito y modernidad. Se produjo laalternancia política con normalidad democrática, los socialistas gobernaron por primera vez en España con la Monarquía y, con el tiempo, cedieron en dos ocasiones el testigo al Partido Popular.

España, que había dejado de ser una excepción, entró en la rutina democrática, con sus errores y sus aciertos. Sus problemas eran parecidos a los de los demás países de su entorno, excepto el terrorismo. ETA cometió más asesinatos durante la democracia que durante el franquismo porque trataba de destruir un sistema de libertades que, como se ha visto después, la dejaba sin razones para seguir existiendo.


La actividad más intensa y eficaz de Juan Carlos han sido sus viajes al extranjero. Las visitas a Francia y Alemania fueron fundamentales para el proceso de integración en la Comunidad Europea. Su relación con el presidente Mitterrand contribuyó a obtener la cooperación francesa en la lucha contra ETA. También trabajó para consolidar la imagen de España en Latinoamérica y para promover la transición de dictaduras a democracias en la región, en especial en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.


Ha sido un jefe de Estado neutral que suavizó las amargas divisiones de la Guerra Civil
Juan Carlos ha tenido asimismo buenas relaciones con varios países árabes —Marruecos, Jordania, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait—, que garantizaron el suministro de petróleo a España, pero que dieron pie a rumores de que había recibido dinero de las monarquías de Oriente Próximo, unos rumores que, en los años noventa, cristalizaron en los intentos de empañar su imagen y relacionarle con los escándalos financieros que empezaban a acosar la vida política española.

Las revistas del corazón han destacado su afición a la velocidad y los deportes peligrosos, que le han causado graves accidentes y lesiones, así como su entusiasmo por las mujeres hermosas. Sus amigos y sus caprichos le expusieron a un escrutinio morboso e incluso hostil. Curiosamente, las críticas más vehementes han surgido de la prensa y la radio de derechas, en particular la Cope, indignadas por sus cordiales relaciones con Felipe González y más adelante con José Luis Rodríguez Zapatero. En realidad, Juan Carlos ha sido un jefe de Estado neutral que ayudó a suavizar las amargas divisiones de la Guerra Civil.

Los rumores sobre sus asuntos amorosos y de dinero han oscurecido la abnegación y el sentido del deber que han formado la base de su existencia. Durante la crisis económica, desde 2010, se ha generalizado un sentimiento de desencanto con la Monarquía. Como símbolo del sistema político, ha sufrido el resentimiento ante la corrupción de las élites. Las acusaciones han llegado justo cuando el Rey, cansado tras años de dedicación a la democracia y a España, y en medio de una gran pérdida de popularidad, parece haber decidido que le ha llegado el momento de disfrutar del descanso del guerrero.


El 2012 del Reinado, sin embargo, no ha sido fácil. La implicación de su yerno, Iñaki Urdangarín, en un supuesto caso de corrupción –aún pendiente de juicio– cayó como un jarro de agua fría en el ánimo de los españoles, aunque el Rey le apartó de la actividad institucional y afirmó que en nuestro país «la Justicia es igual para todos»; y el pasado abril, un inoportuno viaje privado a Botsuana, en el que se cayó y se fracturó la cadera, desencadenó por primera vez un reproche generalizado, al que Don Juan Carlos respondió con un gesto sin precedentes en la vida pública española: «Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir»,

La decisión de abdicar señala, como hizo su complejo papel en la Transición, a un hombre inteligente, decidido y de un profundo patriotismo. Tal vez convencido de que no va a recobrar la popularidad en la que se basa la supervivencia de la Monarquía, o quizá demasiado cansado para intentarlo, el Rey ha decidido cortar por lo sano para que su hijo tenga la mejor oportunidad posible de conservar el trono. Que lo logre o no dependerá del nuevo Rey, de que sea capaz de distanciarse del aura negativa que ha rodeado al trono en tiempos recientes, de cómo se comporte en relación con la crisis catalana y de la posibilidad de una recuperación económica que disipe los temores a un renacimiento republicano.


El retrato de la Familia de Juan Carlos I, Antonio Lopez
Costó 50 millones de las antiguas pesetas. Lo que más le gusta del cuadro, confiesa, es «su tono moral, ético; la limpieza y la nobleza que emanan de él». Advierte que es un lienzo extremadamente luminoso, que «tiene algo que ver con lo religioso: la manera frontal de presentarse los personajes, con el Rey, protector, en el centro, puede aludir a la pintura bizantina».
Mide 3 por 3,39 metros, está firmado y fechado (1994-2014) 

 Rey de un país libre

Cuando, el 22 de noviem­bre de 1975, a la muerte de Franco, don Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey por las Cortes Españolas, poca gente en España y en el mundo creía que aquella Monarquía iba a durar. El sentimiento más extendido era que, hechura y prolongación apenas disimulada de la dictadura, el nue­vo régimen resultaría incompatible con la democratización de España, anhelo de la inmensa mayoría de los españoles. Y que el Monarca, crecido y educado a la sombra del Caudillo desde su niñez con el designio de salvaguardar los ideales y fines del Mo­vimiento Nacional (que había jurado de­fender), sería un obstáculo insalvable para el retorno de la libertad y la legalidad con­culcadas hacia cuatro décadas. Además, como siempre le habían visto, o mudo e inmóvil detrás de Franco en las ceremo­nias oficiales a que este se dignaba llevarle, o leyendo anodinas generalidades en ac­tos públicos de escasa o nula significación, corría el rumor de que el flamante Monar­ca era poco inteligente. Por eso muchos es­pañoles encontraron acertada la profecía del periodista y escritor José Luis de Vilallonga de que el nuevo Rey pasaría a la his­toria como "Juan Carlos el Breve".

Un cuarto de siglo después, España ha saltado -vertiginosamente- del anacro­nismo que todavía era en 1975 -una sociedad congelada en el pasado por unas es­tructuras totalitarias y un sistema de cen­sura y control que la distanciaban de la Europa occidental y la emparentaban al Tercer Mundo- a ser una democracia mo­derna, próspera, con una poderosa socie­dad civil de instituciones sólidas, un fe­cundo régimen de autonomías, unas Fuer­zas Armadas integradas en el sistema de defensa de la OTAN, y a sentar un modelo de transición pacifica de la dictadura a la sociedad abierta que ha tenido trascen­dencia en el mundo entero. Según consen­so unánime, factor determinante en la transformación de España -el más exitoso proceso de democratización de una socie­dad que haya conocido la historia moderna- ha sido el rey Juan Carlos, quien, por ello mismo, ha conseguido para el régi­men que encarna una legitimidad y una caución popular que nunca nadie llegó jamás a sospechar lograría la Monarquía. Tan es así que la disyuntiva Monarquía- República ha desaparecido de la agenda política española, y aunque algunas for­maciones minoritarias o individuos aisla­dos, de cuando en cuando, crean necesario recordar su vocación republicana, estas manifestaciones carecen de eco en la vida política, y suenan, más bien, como extra­vagancias. Para la inmensa mayoría de los españoles, la Monarquía existe para que­darse, porque ella y la democracia -la le­galidad, la libertad, la convivencia y la paz- se han identificado en España de ma­nera visceral.

¿Cómo fue posible esta extraordina­ria historia? 

Se han borroneado muchas páginas al respecto, y buen número de los figurantes y protagonistas que vivieron sus distintas etapas han dado sus testimo­nios. Pero el actor principal, el Rey, no lo ha hecho, ni probablemente lo hará nun­ca. Ha concedido algunas raras entrevis­tas (como sus conversaciones con Vilallonga) en las que evoca el asunto, pero lo hace siempre con tanta prudencia, evitan­do tanto reivindicar en ella el papel protagónico que desempeñó en el desmantelamiento del sistema franquista y el esta­blecimiento de la democracia, que la exacta valoración de sus iniciativas y mé­ritos políticos en lo sucedido en estas últi­mas décadas en España queda como asig­natura pendiente para futuros historiado­res. Cuando le preguntan si lleva un diario o escribirá algún día sus memorias, res­ponde categóricamente que no. Don Juan, su padre, le advirtió desde niño que un rey no podía hacerlo, porque un testimonio real de esta índole inevitablemente heriría sensibilidades y provocaría divisiones, algo que un soberano empeñado en serlo "de todos los españoles" debe evitar a toda costa.

Ya nadie cree que el Monarca español carezca de luces: por el contrario, todos le reconocen una sutil inteligencia para ha­ber actuado -desde que, por acuerdo entre Franco y don Juan, vino en 1948 a conti­nuar su educación en España, y en todas las instancias posteriores de su trayecto­ria- con una destreza, visión de futuro, sentido de la oportunidad, tacto e incluso maquiavelismo político fuera de lo común. Sin esos atributos que don Juan Carlos ha demostrado tener, probablemente España seria ahora una República, y la transición hacia la democracia hubiera resultado muchísimo más conflictiva y traumática de lo que fue. No es modestia la que le lle­va a salirse por la tangente, o a minusvalorar su rol, cuando se le pregunta sobre esa larga peripecia que le permitió, pro­gresivamente, ganarse la confianza, pri­mero, del Caudillo, sin perder la de su pa­dre, y de buena parte del aparato director de la dictadura, de modo que fuera elegido por Franco, dentro de los mecanismos le­gales y constitucionales fraguados por el régimen, para ocupar el trono, y, más tar­de, la de las distintas fuerzas de la oposi­ción, para impulsar un proceso político cuya consecuencia última seria, pura y simplemente, la liquidación del franquis­mo. ¿Fue una estrategia planeada con lu­cidez y deliberación en la juventud o pri­mera adultez por el propio Príncipe? ¿O una sucesión de actitudes e iniciativas sin ilación, producto de la inspiración del mo­mento, que luego, en el devenir histórico, aparecerían racionalmente concatenadas en pos de un fin?

Cuando escucha preguntas tan serias, tan barrocas, don Juan Carlos sonríe con amabilidad y encuentra una manera de recolocar al abstracto interlocutor en ese territorio concreto de la anécdota diverti­da, el comentario ligero y la chanza ame­na, superficial, que finge ser su preferido. Dice que no planeó nada de eso, que no hubo una estrategia, que procedió, cada vez, en cada caso, de acuerdo a las cir­cunstancias, siguiendo muchas veces al pálpito lo que convenía hacer. Y que, ade­más, le ayudó siempre el hecho de haber tenido cerca a personas competentes, lea­les, serviciales, idealistas, interesadas en el bien de España (nunca olvida citar a la Reina entre ellas), cuyo consejo y ayuda fueron valiosísimos. Y que, por último, a él siempre le ha acompañado la buena es­trella. Lo dice con tanta naturalidad y con­vicción que, aunque evidentemente las co­sas no pudieron ser para él tan felices ni tan sencillas como pretende, seria una ma­jadería no creerle.

Don Juan Carlos es un hombre muy simpático, que rompe de inmediato las dis­tancias y establece una comunicación rápida, cálida, con sus interlocutores, a los que. Por tímidos o huraños que sean, se­duce de inmediato y hace sentirse cómo­dos, alternando no con un rey -la palabra suena a tiesura, protocolo y hielo-, sino con un amable bípedo de carne y hueso, normalísimo a más no poder, ni más vivo ni más corto, ni más brillante ni más opa­co, que el común de los mortales. Ésa si que es una estrategia, muy exitosa, que obedece, como todo o casi todo lo que don Juan Carlos de Borbón hace, dice y acaso sueña desde que alcanzó la edad de la razón y pudo pensar por cuenta propia, al norte obsesivo de su vida: restaurar la Mo­narquía en España de modo que ella se confunda para siempre en la historia fu­tura con el destino de los españoles. Para que este designio sea realidad conviene que el Rey esté tan cerca de sus súbditos que éstos no se sientan súbditos. sino algo más cálido y más próximo, y evitar que el Monarca se aleje, o parezca alejarse, del ciudadano co­mún por su conducta, sus gestos, su lenguaje o incluso su inteligencia. La discre­ción llevada a esos extremos se convierte en arte y en una segunda naturaleza. El es­pañol al que ha cabido reali­zar la más extraordinaria ha­zaña de su generación se ha impuesto una persona públi­ca que recorta lo que es y lo que vale, y relativiza su des­tino fuera de lo común, por­que. según su concepción del cargo que ocupa -de la insti­tución de la que es símbolo-, es preciso que el soberano de una democracia constitucio­nal no descuelle demasiado, en orden alguno, sobre el promedio ciudadano. No quiero decir con esto que esa personalidad campechana, deportiva, directa, risueña y cordial con que aparece sea falsa. El rey Juan Carlos es también así. Pero es mu­chas otras cosas más que eso, que procura no exhibir. Todo lo que hay de complejo y profundo en él se halla, por una decisión propia evidente y mediante una gran maestría en el arte de la representación, fuera del alcance de sus interlocutores.

Por ejemplo, ¿cuáles fueron, cuáles son todavía, sus sentimientos hacia Fran­co? Nunca ha hablado mal de él, ni, estoy seguro, lo hará. Admite, por supuesto, lo evidente: que si resucitara y viera en qué se ha convertido hoy España, en buena parte por culpa del joven al que él eligió como su sucesor, el Caudillo quedaría dis­gustado, acaso horrorizado con lo que, para él, solo podría significar la victoria total de la "conspiración judeomasónica"sobre los ideales de la Cruzada. Pero, ad­mitido esto, se apresura a recordar que la última vez que habló con él, cuando Fran­co se debatía en los horrores de su inter­minable agonía, le susurró, cogiéndole las manos: "Lo único que os pido. Alteza, es que preservéis la unidad de España". Franco no descartaba, pues, que la subi­da al trono del Príncipe trajera consigo grandes cambios sociales y políticos. ¿Llegó a odiar a ese Caudillo que tanto hizo sufrir a su padre, al que embaucó una y mil veces, dilatando con todos los pretextos ese restablecimiento de la Mo­narquía que, sin embargo, con su infinita capacidad para la intriga, siempre hacia espejear como posible, como próximo, para mantener viva la esperanza de don Juan? Ese Caudillo que, por épocas, tole­raba las campañas de calumnias e insul­tos contra el pretendiente de la Corona, sin que don Juan pudiera defenderse, en la prensa censurada del régimen. ¿Cómo hizo, a la vez que padecía estos agravios a su padre, a quien le unían lazos afecti­vos tan profundos y de quien habla con tanto cariño y gratitud, el Príncipe niño, el Príncipe joven, para mantener esa re­lación, siempre cordial, por periodos afec­tuosa, que reconoce haber tenido con Franco? No es difícil imaginarse el in­menso sacrificio, la tremenda tensión in­terior que ello debió costarle, la voluntad de hierro que precozmente debió de ejer­citar para disimular, para que nada de ello trascendiera ni estropeara las rela­ciones que mantenía con el amo y señor de España, de quien, él lo sabia, dependía fundamentalmente la restauración mo­nárquica. Cuando se le insinúa que, en su niñez, en su juventud, vividas lejos de su familia, de sus padres, en medio de la incertidumbre. debió pasar momentos muy duros, encoge los hombros y lo niega. Porque también hubo muy buenos mo­mentos en esos años, recuerda, los bue­nos amigos, los deportes, maestros excep­cionales. y porque, aun en los periodos de máxima hostilidad del régimen hacia don Juan, a él Franco le trató siempre con de­ferencia.

¿Llegó, pese a todo, a sentir afecto, gratitud, por aquel hombre que, no es cierto, cumplió la promesa que había he­cho y le sentó en el trono? Fueron mu­chos años a su lado, más de los que el jo ven pasó junto a su familia, años en los que el Caudillo siguió muy de cerca, en el detalle, el desarrollo de su formación, educándole de la manera que él creía me­jor para la altísima función que le tenia reservada. En lo personal, a veces, a don Juan Carlos se le escapan algunas expresiones, o hace algunos ges­tos, que sugieren una soterrada emoción, un ramalazo melancólico, cuando recuer­da a aquel personaje que marcó de manera indeleble su vida. Él siempre le habló con mucha franqueza. Por ejemplo, en 1972. cuando la nieta del Caudillo. María del Carmen Martínez Bordiú, se casó con Alfonso de Borbón, primo y rival del Príncipe, y corrieron rumo­res -repartidos sobre todo por la Falange y el sector mas ultra del régimen, que odiaban a los Borbolles- de que Franco elegiría como sucesor a don Alfonso para que su nieta fuera reina de España, don Juan Carlos fue a El Pardo y le preguntó a bocajarro si aquello era cierto. "No hagáis caso de habladurías", fue su res­puesta. Así ocurrió otras veces, y también en esas ocasiones, a él. Franco le dijo la verdad.

Sin embargo, sean cuales sean los sen­timientos que le unieron a) Caudillo, en lo político don Juan Carlos supo muy joven, de manera inequívoca, que la superviven­cia y arraigo de la Monarquía en España sólo serian posibles si asumía resuelta­mente una vocación democrática, es decir, si rompía de manera clarísima con la he­rencia de cuarenta años de dictadura y propiciaba la reconciliación de los es­pañoles. el retorno de los exiliados, la le­galización de todos los partidos políticos (incluido el partido comunista, la bestia negra del régimen), elecciones libres y una genuina libertad de prensa: en otras palabras, si se instalaba en España una Monarquía democrática constitucional, a la manera de las existentes en el Reino Unido. Holanda o los países escandinavos.

El milagro laico de la transición es­pañola no fue obra de una persona, desde luego. Muchas -Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fra­ga y muchos otros- colaboraron en ese tra­bajo de relojería china que tendió puentes donde había abismos de recelo y animosi­dad, creó consensos, firmó pactos, consi­guió concesiones a diestra y siniestra y fue embarcando, en un gran movimiento modernizador y de reconciliación, a toda España. Sin embargo, aunque obra de mu­chos, la transición no hubiera sido posible si las Fuerzas Armadas no la admitían o, por lo menos, no se resignaban a ella. Sólo una persona podía conseguir que la insti­tución más identificada con la dictadura, de la que era espina dorsal y brazo arma­do, aceptara sin chistar cambio tan cataclísmico en la realidad social y política española. ¿Cómo lo consiguió el llamante Rey? ¿De qué argumentos se valió para convencer de que le aceptaran quienes te­nían como el mayor motivo de orgullo el haber limpiado a España de comunistas, republicanos, anarquistas y masones? El Monarca recuerda que aquéllas eran las Fuerzas Armadas de Franco, y que él era el Soberano por decisión de Franco, y, por tanto, obedeciendo sus órdenes, aquellos militares obedecían todavía al Caudillo, para ellos sagrado. Los militares saben obedecer a su jefe si éste les habla con cla­ridad y no pretende engañarlos. Segura­mente es cierto, pero, aunque contado por don Juan Carlos este aspecto de la transi­ción resulte un simple trámite, la verdad es que la manera como el joven Monarca consiguió imponer su autoridad y parali­zar cualquier intentona militar antidemocrática en aquellos momentos es sor­prendente y, desde todo punto de vista, admirable. Ella reveló en el llamante Mo­narca unas dotes de firmeza y de manejo político que le ganaron el respeto de la opi­nión publica en su patria y en el mundo. Es imposible no pensar en el baño de san­gre que hubiera podido vivir España si el recientísimo jefe supremo de las Fuerzas Armadas no hubiera sido, en los comien­zos de la transición, tan persuasivo con sus subordinados. A ello le ayudó, además del prestigio que a su nombramiento con­fería ante los militares la sombra de Fran­co, la relación personal que él había culti­vado con los oficiales de las distintas ar­mas desde que fue cadete en las tres escuelas militares.

La transformación de aquellas Fuer­zas Armadas franquistas en las actuales, modernas e integradas en Europa, que lle­van a cabo misiones de paz en distintos continentes, y educan y asesoran a ejérci­tos latinoamericanos y africanos en lo que debe ser el rol de los militares en una de­mocracia, es uno de los aspectos más insó­litos de la transición española. Varios cen­tenares de oficiales y soldados han sido victimas de la locura homicida de ETA, y, sin embargo, como ocurriría en Suiza, o en Suecia. o en Inglaterra, a nadie en Es­paña se le ocurre ahora pensar que esas provocaciones sangrientas podrían indu­cir a las Fuerzas Armadas españolas a po­ner en peligro el orden constitucional. El ejército ha dejado de ser lo que fue en el pasado y es todavía en todos los países subdesarrollados del mundo: una espada de Damocles pendiendo amenazadoramente sobre la sociedad civil. A muchas personas, entre ellas buen número de mi­litares, se debe esta formidable mutación que ha hecho de las Fuerzas Armadas es­pañolas uno de los pilares de la democra­cia. Pero, antes que a ninguna otra, al rey Juan Carlos.

Y si hay que fijar una frontera simbó­lica entre el antiguo y el nuevo ejército, seria el 23 de febrero de 1981. Fuethe finest hour, la "hora más alta" de don Juan Car­los, para decirlo con retórica churchilliana. cuando su resolución y valentía preci­pitaron el fracaso de la conjura antide­mocrática planeada por un grupo de altos oficiales de las Fuerzas Armadas, que se levantaron contra la democracia enarbolando de manera calumniosa la bandera del propio Rey. Los generales Armada y Milans del Bosch. el coronel Tejero y sus cómplices pensaban que. de este modo, apareciendo como los salvadores de la Mo­narquía contra la anarquía y el comunis­mo. conseguirían el apoyo del resto de las Fuerzas Armadas para la conspiración. El silencio del Monarca hubiera bastado, tal vez. para que el embauque de los golpistas prosperase y, como ocurrió en Grecia en 1967. cayese sobre España una nueva épo­ca de autoritarismo militar. Pero la reac­ción de don Juan Carlos fue instantánea, rectilínea, clarísima. Imagino, en el tran­quilo despacho de la Zarzuela atiborrado de veleros, marinas, obras en­cuadernadas de Menéndez y Pelayo. desde cuyas ventanas se divisa un bosque de alcorno­ques y pinos entre los que se pasean ciervos y jabalíes, la efervescencia de aquella noche. Rodeado de su familia, el Rey telefoneaba, uno a uno. a todos los capitanes generales, y les ordenaba respetar la Constitu­ción y desoír los llamados de la conjura, y conminaba al propio general Milans del Bosch a de­sistir de su empeño golpista. y a regresar a sus cuarteles los tanques que se paseaban por las calles de Valencia. El prín­cipe Felipe, de sólo 13 años, ex­hausto luego de una semana de exámenes, lívido de sueño, encogido en una silla, estuvo también allí, toda esa lar­ga noche, por decisión del Monarca, para que el heredero de la Corona recibiese esa lección práctica de responsabilidad cívica en situaciones de emergencia. ¿Quién pue­de dudar de que fueron la firmeza y luci­dez con que actuó el Monarca en esa hora critica las que debelaron el golpe y salva­ron a España de una tragedia de incalcu­lables consecuencias? Su acción fortaleció el proceso democrático, consiguió para la Corona una legitimidad y un arraigo so­cial que hasta entonces no tenía, y su fi­gura de estadista comprometido con los principios constitucionales de libertad y de legalidad alcanzó irradiación y presti­gio en el mundo entero.

Cuando él recuerda aquella noche decisiva, sin embargo, tampoco abandona su cautela habitual. ¿La energía y rapidez con que reaccionó ante la tentativa golpista se debieron, tal vez. a la lección de lo ocurrido a su cuñado, el rey Constantino de Grecia, quien, al sublevarse los genera­les. en 1967, los apoyó en vez de enfrentár­seles, con lo cual labró su ruina política y el fin de la Monarquía helena? "A Cons­tantino le cortaron el teléfono, y a mi, por suerte, no", bromea. Así pues. España se salvó aquella noche del 23 de febrero de una nueva dictadura no gracias a la clari­videncia política y el coraje moral del So­berano. sino a la chapuza de unos golpistas que olvidaron aislar al inquilino del palacio de la Zarzuela cortándole las co­municaciones.

Cada vez que se alude a su participa­ción en hechos capitales de la evolución hacia la democracia -la elección de Adol­fo Suárez, por ejemplo, en 1976, para re­emplazar a Arias Navarro al frente del Gobierno, decisión acertadísima que po­sibilitó el carácter pacifico de la transi­ción-, don Juan Carlos no elude una res­puesta, pero en todos los casos se esfuerza por desdramatizar el acontecimiento y su propia influencia, resaltando el apoyo y la colaboración que otros le prestaron, sin cuyo esfuerzo, lealtad, tino, recalca una y otra vez. nada se hubiera conseguido. Incluso cuando exalta la colabora­ción que. sobre todo en las pruebas más recias, le ha prestado siempre doña Sofía, la Reina -no permitiendo que el ánimo decaiga jamás-, o cuando se declara feliz por tener una magnifica familia tan uni­da, y se proclama orgulloso de sus hijos y nietos, es muy visible en él la voluntad de no excederse, de no ir demasiado lejos, de no incurrir en la complacencia ni la jac­tancia. Pese a ese cariz tan despreocupa­do y sencillo con que se luce ante los otros, el Rey de los españoles es alguien que nunca se distrae, que ni por un ins­tante descuida su papel.

Hace bien, desde luego, empeñándose en no aparecer como un gigante de la his­toria, como el Rey providencial, ni siquie­ra como un ciudadano que ha prestado servicios desmesurados a la democratiza­ción y modernización de España. No le co­rresponde a él, sino a los futuros historia­dores y a los españoles que vendrán, cuan­do, con la perspectiva debida, se puedan hacer las sumas y las restas, sacar el ba­lance y dictar el veredicto definitivo.

Pero, en su fuero más intimo, cuando no hay cerca testigos incómodos, si en esa ajetreada vida que es la suya, donde todos sus minutos del día están programados y el protocolo cotidiano debe ser cumplido sin desgana ni fatiga, más bien con entu­siasmo y buena cara, dispone del tiempo necesario para meditar un rato a solas, ahora que se cumplen 25 años desde que es Rey de "todos los españoles", como se propuso y ha conseguido serlo, debe inva­dirle sin duda una bienhechora sensa­ción, esa tranquilidad que da el trabajo bien hecho, la impresión de haber conse­guido, con el esfuerzo y el talento inverti­dos en ello, mover las cosas en la buena di­rección.

Las cosas se han movido mucho, en efecto, desde que don Juan Carlos de Borbón, el nieto de Alfonso XIII, el hijo de don Juan, pretendiente al trono, llegó a España la fría mañana del 9 de noviembre de 1948, a una remota estación de tren de las afueras de Madrid, para iniciar su educación bajo la tutela de un régimen to­talitario y clerical del que, según el desig­nio de Franco, seria el futuro mantenedor. No hay joven español de nuestros días que pueda imaginar siquiera la distancia si­deral que separa a la España en la que vive la actual generación de ese país ais­lado, sumido en el oscurantismo religioso y en el más horrendo atraso político, em­pastelado de prejuicios y de miedo, en el que don Juan Carlos pasó su infancia, su adolescencia y su temprana madurez. Las cosas están lejos de ser perfectas, desde luego, en esta España de hoy, que ya no ex­porta mano de obra, sino la recibe de Áfri­ca y de América Latina, cuyo desarrollo institucional y progreso económico se ve en el mundo como un ejemplo a seguir, y cuyo pluralismo político y cultural está tan enraizado que, se diría un forastero desinformado, ha existido aquí desde siempre. Hay el siniestro problema del te­rrorismo etarra -que, por supuesto, ya ha intentado, hasta en dos ocasiones, asesi­nar al Rey, otro tema que él aborda sin el menor nerviosismo, como uno de los ries­gos inevitables en esos deportes arriesga­dos que siempre le gustó practicar-, el de los separatismos, el de la violencia social, el de los desafíos que representa la inte­gración en Europa, etcétera. Pero, aun magnificando hasta la exageración los problemas de la España que ingresa en el tercer milenio, el avance del país en este último cuarto de siglo es sencillamente prodigioso. Me lo digo cada vez que vuel­vo a España, luego de algún tiempo, y con­trasto este país con aquel al que llegue, para hacer estudios de doctorado en la Complutense, en el verano de 1958, al que no reconozco ya en casi nada de lo que me rodea.

Los cambios son gigantescos en todos los dominios, y se refractan, de manera vertical y horizontal, por todas las capas sociales y las regiones de la Península. Pero hay un dominio, sobre todo, en el que lo conseguido en estos últimos 25 años es emocionante. España es hoy 1111 país libre. Libre como nunca lo fue antes en su historia, libre en su vida política y libre en la mentalidad de la inmensa mayoría de sus gentes, libre en sus costum­bres y en sus instituciones, en la prensa que se lee y escucha o ve, en la fe y en los cultos religiosos o en el rechazo de la re­ligión, en el obrar de sus partidos políti­cos y en las ideas e imágenes de quienes reflexionan, enseñan, escriben, pintan o componen, en las manifestaciones de sus lenguas y culturas diversas, en todos los ámbitos donde la libertad humana puede ejercerse. Lo cual no quiere decir que esa libertad se aproveche en todas partes y por todos de la misma manera y con los mismos beneficios. Es obvio que en el País Vasco, por culpa del fanatismo y el terror del extremismo nacionalista, se es mucho menos libre que en el resto de Es­paña. por ejemplo, y que la libertad no al­canza del mismo modo a un ciudadano es­pañol que a un inmigrante ilegal. Pero, haciendo todas las matizaciones y rebajas debidas, nadie que no sea ciego -que no sea un fanático- puede hoy día negar que, por un conjunto de circunstancias que seria largo enumerar. España disfruta hoy de ese privilegio todavía exclusivo, por desgracia, de apenas un puñadito de países en el mundo: ser una nación don­de la libertad es una realidad en las leyes y en los usos y conductas de sus ciuda­danos. Ésta ha sido una tarea común de miles, de millones de hombres y mujeres, resultado de innumerables esfuerzos y sacrificios, pero, en aquella tarea, a al­gunas, a algunos, ha tocado hacer apor­taciones más significativas y relevantes. Seria injusto no reconocer, ahora que se cumple un cuarto de siglo de su subida al trono, la gigantesca contribución presta­da por Juan Carlos I a hacer, por fin, de España una tierra de libertad.

FUENTE: ELPAISSEMANAL, MARIO VARGAS LLOSA 24/11/2011


Los más de 38 años de servicio del rey don Juan Carlos en el trono de España, del que abdicó hoy, se confunden con los de la democracia, finalmente recobrada tras una larga y negra dictadura.


Suya fue la primera gran decisión de renunciar a los poderes absolutos heredados del dictador, lo cual permitió organizar la democracia y elaborar la Constitución, en la que las funciones del Rey quedaron ajustadas a las usuales en otras monarquías parlamentarias. Suya fue también la determinación de intervenir contra los golpistas del 23-F, salvando una situación de gravísimo peligro para la continuidad de la democracia. Y suya ha sido la decisión de abdicar lunes 2 de junio de 2014, lo cual deposita la responsabilidad de la Jefatura del Estado en la persona constitucionalmente designada para ello, don Felipe de Borbón.

 Han llegado los problemas físicos y un error personal por el que el propio Monarca supo pedir excusas a los españoles. En plena recuperación de las intervenciones quirúrgicas sufridas, el Rey ha hecho esfuerzos para recobrar la confianza de la ciudadanía y ha meditado el momento más oportuno para proceder a su propia sustitución.

Entre las grandes decisiones de su reinado y la renuncia comunicada este lunes han transcurrido periodos diferentes en la vida del Rey. Lo más importante ha sido su neutralidad respecto a las contiendas partidistas y el escrupuloso respeto a los procedimientos constitucionales, visibles en cada relevo en el Gobierno del Estado. Las cualidades demostradas por don Juan Carlos han contribuido decisivamente a la utilidad de la Monarquía porque, sin participar de ninguna de las opciones en conflicto, también ha atendido la labor moderadora y arbitral asignada al Rey por la Constitución.

PARA SABER MÁS

Juan Carlos I, rey constitucional
El Rey cumple 70 años
245 Juan Carlos. 
La Corona

  IGNACIO GIL Y MATÍAS NIETO
En su despacho, cuyas paredes están forradas en madera clara, hay una foto del Papa y muchas imágenes familiares, la mayoría con entrañables dedicatorias. Hay fotografías de su padre, Don Juan, dedicadas meses antes de su fallecimiento: «Para Juanito, con todo mi cariño». También hay una imagen de su madre, Doña María de las Mercedes, y otra foto, veraniega e informal, de la Reina, guapa y sonriente.
Del Príncipe hay varias fotos: una cuando era muy joven —con el uniforme de marino— y estaba embarcado en el «Juan Sebastián Elcano»; otra con Doña Letizia, tomada el día de la petición de mano, y una tercera en la que se ve a Don Felipe con el Rey y con la Infanta Leonor, los tres eslabones de la Dinastía. También está la Infanta Sofía, de bebé.
Junto a ellas hay una foto divertida de Doña Elena con Jaime de Marichalar, que tiene en brazos a su hijo, Felipe, el primer nieto de los Reyes. Hay otra foto de Doña Cristina, sola, fechada en 1986 y con una cariñosa dedicatoria: «Para Papá, el mejor padre del mundo, de tu hija que te quiere mucho». Del único que no hay fotos en el despacho es de Iñaki Urdangarín.
Entre todas esas fotos, llama la atención una que no es de ningún familiar ni está dedicada. Es la del político Torcuato Fernández-Miranda, el hombre que encontró la fórmula para instaurar la democracia sin vacíos legales, yendo «de la ley a la ley».



FAMILIA REAL


   Acto en el que las Cortes Generales conmemoran el XXV aniversario de la Constitución. / CLAUDIO ÁLVAREZ



La Familia Real
Casa de Su Majestad el Rey
La sucesión en España


foton
El presupuesto que gestiona el Rey. / EL PAÍS


La Casa del Rey tiene casi nueve millones de euros anuales para su funcionamiento. No tiene que ocuparse ni de los gastos de los viajes oficiales (que paga el Ministerio de Exteriores), ni de la seguridad del Palacio (Interior) o del parque móvil. El presupuesto se destina a los gastos de personal (alta dirección, dirección, funcionarios de carrera, eventuales y laborales), de protocolo (almuerzos, cenas, recepciones...), de funcionamiento (material de oficina y otros) y al sostenimiento de los miembros de la familia real. El Tribunal de Cuentas no audita los gastos de la Casa del Rey, aunque entre los trabajadores de esta institución figura desde 2007 un interventor que se ocupa del control de esos gastos.
La Monarquía española no es de las más costosas —8,43 millones—, frente a la británica, que recibe anualmente alrededor de 49 millones de euros del Tesoro, o la holandesa, que dispone de 40 millones. La noruega percibe 28 millones, la belga 13,7 millones y la danesa y sueca 12 millones. Ahora, las cuentas de la Casa del Rey serán más transparentes, como lo serán también desde enero las de la familia real sueca, ya que el Parlamento ha decidido someter a la Monarquía a una vigilancia extrema al tiempo que la popularidad de Carlos Gustavo ha caído un 30%.
Hasta ahora, la Casa del Rey se limitaba a rendir cuentas de manera global, ya que, según lo establecido en el artículo 65 de la Constitución, el Rey tiene libertad para “organizar su Casa, así como para gestionar y aplicar la asignación económica que recibe anualmente”. Y, solo desde septiembre de 2007, un técnico del Cuerpo de Interventores y Auditores de la Administración Civil del Estado se encarga de la Administración del dinero de la Zarzuela.
El Rey afronta con este presupuesto sus necesidades más directas. De esa cantidad viven los Reyes y los príncipes de Asturias. Las infantas Elena y Cristina reciben una asignación en concepto de “gastos de representación” ya que ambas trabajan. Doña Elena, en la Fundación Mapfre, y doña Cristina, en la Fundación La Caixa.

El artículo 56 de la Constitución establece que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad, la gestión presupuestaria de la Casa de su Majestad responde formalmente a los procedimientos de la Administración Pública y a la legislación laboral. Un interventor del Estado asesora en cuestiones técnicas al monarca que, al igual que el resto de la Familia Real, hace su declaración de renta y paga sus impuestos.

FELIPE VI

Don Juan Carlos abdica porque es plenamente consciente de la necesidad de un cambio en la Jefatura del Estado. El Rey sabe muy bien que esta no pertenece a la familia real, sino a los españoles: por eso ha preparado el relevo y se aparta voluntariamente, cuando se necesita una etapa de transformaciones —entre otras, una reforma constitucional— bajo el arbitraje y la moderación de un nuevo jefe de Estado, el príncipe don Felipe de Borbón

Que el cambio se efectúe en plena normalidad no significa que don Felipe de Borbón herede una situación plenamente estable y tranquila, ni que la institución monárquica goce ahora de general reconocimiento. Al contrario, España atraviesa por múltiples problemas, desde la desafección de una parte de la ciudadanía hacia los resultados del sistema institucional existente, hasta la amenaza secesionista en Cataluña. Pero el heredero de la Corona ha dado sobradas muestras de saber estar y de saber hacerlo.

La nación es la verdadera fuente de legitimidad de la Monarquía. Don Felipe tendrá que ganarse ahora la confianza de los españoles,

PARA SABER MÁS, VER:

Felipe de Borbón cumple 40
Nace la Infanta Leonor


El sueño del principe
 GORKA LEJARCEGI | 15-10-2006

abril, 2013, DANIEL OCHOA DE OLZA (AP)

El Congreso tiene previsto que la proclamación de Felipe VI tenga lugar en el Hemiciclo a partir del 16 de junio 2014, en una sesión solemne de las Cortes. En casi 40 años de monarquía parlamentaria, España no ha aprobado ninguna ley que regule el procedimiento para la sucesión en la Corona.

El rey Juan Carlos junto a su hijo, Felipe de Borbón, y su nieta la infanta Leonor, en una imagen de la nueva web de la Casa del Rey que simboliza la continuidad dinástica de la Monarquía española. Borja Fotógrafos/Casa de SM el Rey

 DON JUAN DE BORBÓN:

Hijo del rey Alfonso XIII, herederó de su padre, en 1941 un título sin corona, y se presentó a sí mismo como Juan III. Franco no restauraría nunca la monarquía a pesar de las maniobras del propio Juan de Borbón y sus partidarios. A la muerte del dictador, en 1975, su testamento político hizo rey a Juan Carlos I ignorando la linea sucesoria


ABC


Perseguido y calumniado en la época de Franco, y silenciado después en la Transición, el padre del Rey sigue siendo un desconocido para la mayoría de los españoles, a pesar de que jugó un papel fundamental en la restauración de la Monarquía como elemento de reconciliación y democracia. «Es hora de ayudar a reparar tan tremenda injusticia histórica», afirma Pedro Carvajal, hijo de Francisco Carvajal, conde de Fontanar, consejero e íntimo colaborador de Don Juan.

Testigo desde niño de su historia, a través de sus padres y del círculo más próximo al Conde de Barcelona, Carvajal acaba de publicar la biografía más cercana del padre del Rey, «La travesía de Don Juan» (Temas de hoy), cuyo título es la metáfora de «la azarosa vida de un marino que llegó a buen puerto, aunque no fuera ese el puerto que esperaba». Lo que distingue este libro de las otras biografías del Conde de Barcelona es que ayuda a descubrir el lado más humano del padre del Rey con testimonios y anécdotas inéditas. Pero esta obra es también un homenaje a aquel grupo de monárquicos que acompañaron a Don Juan en su travesía, unidos por el deseo de llevar la reconciliación y la democracia a España.

«El exilio les purificó»

 Reinado de Alfonso XIII y un relato detallado del ambiente palaciego y cortesano de principios del siglo XX, alejado de las preocupaciones de los españoles y en el que se despreciaba a los intelectuales. «Quien malcriaba a Alfonso XIII era su tía la Infanta Isabel, la Chata. Cuando su madre, la Reina María Cristina, le iba a regañar, ella le decía: “Tu, hijo, haz lo que quieras que para eso eres Rey de España”» Por varias circunstancias, como la influencia de la Reina Victoria Eugenia y su etapa en la Marina inglesa, «Don Juan salió limpio de esas historias, pero además el exilio purificó a la Familia Real. Hubo un antes y un después. Cambió radicalmente»


La biografía relata con detalle el despertar de la vocación marina en Don Juan, de la que no había precedentes en la familia. Cómo le sorprendió la proclamación de la República en la Escuela Naval de San Fernando, de donde tuvo que salir por sus propios medios. Su etapa en la Marina inglesa, el exilio en la Roma de Mussolini, en Lausana y en Portugal; la austeridad de «Villa Giralda», la traición de los Aliados en plena Guerra Fría, la intervención de Don Juan el 23-F, con sus llamadas al Rey desde Estoril, y la enorme generosidad que llevó al Conde de Barcelona a sacrificarse para salvar la Dinastía. Parte de los hechos que se relatan han sido cotejados con Doña Pilar, hermana del Rey, testigo de muchos de los acontecimientos que se describen.

 Don Juan fue víctima de su propio destino y sería su hijo Juan Carlos el que finalmente recuperaría la corona.

Juan de Borbón era el tercer hijo varón de Alfonso XIII. Como tal, sus posibilidades de heredar el trono eran escasas. Y cuando se proclamó la Segunda República se convirtieron en prácticamente nulas. Sin embargo, pronto se hizo pronto se hizo patente que sus dos hermanos mayores -uno hemofílico y otro sordomudo- no estaban en condiciones de asumir las responsabilidades de un príncipe heredero. Ambos renunciaron en favor del joven Juan, que de pronto se vio en la tesitura de tener que defender la corona desde el exterior.

Afortunadamente para él, su boda con María de las Mercedes de Borbón Dos Sicilias le hizo visible ante los monárquicos, que le respaldaron desde el interior del país. La Guerra Civil le proporcionó una excusa para volver a España y alinearse en el bando de los sublevados, pero los mandos militares veían en él un elemento más de inestabilidad política. El general Mola ordenó que le escoltaran, amable pero firmemente, al otro lado de la frontera con Francia.
No tuvo más suerte al final de la guerra. Franco tampoco estaba dispuesto a ceder ninguna parcela de poder alegando que “si en el cambio de Estado volviera un rey, tendría que hacerlo con el carácter de pacificador y no podría contarse en el número de los vencedores”. Apelando entonces a los aliados, Don Juan firmó un manifiesto en el que defendía el final del régimen y la restauración de la monarquía constitucional democrática.

 Don Juan «ya tuvo conciencia de que Franco le había hurtado la Corona cuando, en la entrevista en el Azor, acepta que su hijo viniera a estudiar a España. También lo sabía la Reina Victoria Eugenia, quien en 1948 dijo: “Juanito ha sido muy generoso, pero puede que con ello se haya jugado la Corona”».

Finalmente, el 14 de mayo de 1977, Don Juan tuvo que pasar el testigo real que nunca disfrutó. En un sencillo acto, casi familiar, renunció a “los derechos históricos de la monarquía española, sus títulos, privilegios, y la jefatura de la familia y Casa Real de España, que recibí de mi padre, el rey Alfonso XIII (…). En virtud de esta renuncia, sucede en la plenitud de los derechos históricos como Rey de España a mi padre el rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero, el rey Juan Carlos I“.
«hay un momento en que Don Juan Carlos le dice a su padre, con toda la razón: “Papá: o yo, o ni tú ni yo”. Y Don Juan ya sabía que era así».

 Si no hubiera existido Don Juan ni sus monárquicos, los juanistas —que querían una Monarquía constitucional frente a la dictadura—, todo habría sido diferente, incluido el Rey. Si Don Juan Carlos es un profundo demócrata, lo es gracias al ambiente que recibió en su casa desde niño. Pero lo más importante de esta historia es que la Corona estuvo a la altura de las circunstancias y sirvió para la reconciliación a los españoles y el regreso de la democracia»


14 de mayo de 1977. Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, cede sus derechos dinásticos al rey Juan Carlos. De izda a dcha: el Príncipe Felipe, la reina Sofía, el rey Juan Carlos, Don Juan y doña Mercedes en el palacio de la Zarzuela.efe


FELICITACIONES REALES

2005

Felicitación institucional de Navidad de los Reyes donde aparecen con la Infanta Leonor en brazos de la Reina y el resto de sus nietos, de izquierda a derecha, Froilán, Victoria Federica, Miguel, Juan, que sostiene a Irene, y Pablo. La fotografía fue manipulada digitalmente para pegar en ella a algunos de los protagonistas
 2005. Felicitacion institucional de Navidad de sus los Príncipes de Asturias donde posan con su hija Leonor, en una foto tomada el día en que la pequeña abandonó la clínica Rúber Internacional de Madrid, una semana después de su nacimiento, el 31 de octubre.

1999.
Foto de familia de los Reyes de España junto a sus hijos, nietos y yernos, felicitación navideña. Sentadas, en primera fila, las infantas con sus hijos en los brazos, Elena, con Felipe Juan Froilán y Cristina con Juan; detrás de ellas, los reyes Juan Carlos I y Sofía. De pie, Iñaki Urdangarín, marido de la Infanta Cristina, el Príncipe Felipe y Jaime de Marichalar, marido de la Infanta Elena



2011

Fotografía de felicitación navideña publicada en la página web de la Familia Real. En la foto, Victoria Federicay Felipe Juan Frolilán, hijos de la infanta Elena.


2012.  Las hijas de los Reyes, Elena , Cristina  y su marido de esta última, Iñaki Urdangarin  imputado por malversación y fraude a la Administración, no enviarán este año, por primera vez en la historia, sus respectivas felicitaciones navideñas a través de la Casa del Rey, lo que marca los nuevos tiempos dentro de la institución.
Fuentes de Casa Real explican que la decisión obedece al afán de reducir la vida oficial de la familia real a los Reyes y los Príncipes, siendo coherentes con la decisión de apartar a las infantas,

Imagen de las infantas Sofía y Leonor de la felicitación de los Príncipes 2012 
( web de la Casa del Rey)

HUMOR


PERIDIS, 24-4-2013
peridis, 4-2-1014

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