615 GUERRA DE LA INDEPENDENCIA


GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

goya «Los fusilamientos del 3 de mayo

Así se llegó a la Guerra de la Independencia
Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

 2 DE MAYO
 
En esa fecha  el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.
Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

  • 1. Desde enero de 1805 una débil España había establecido una forzada alianza militar con la Francia napoleónica que la llevó a una desastrosa guerra contra Gran Bretaña y que, en la práctica, la dejaba sometida en calidad de aliada subordinada a los designios imperialistas de Bonaparte.
  • 2. El estado español se hallaba en bancarrota económica y el gobierno de la monarquía debilitado por el odio popular, eclesiástico y nobiliario contra el primer ministro Manuel Godoy, duque de Alcudia, y por las pretensiones del príncipe heredero, Fernando, de arrebatar violentamente la corona a su padre, Carlos IV.
  • 3. Napoleón deseaba unificar políticamente Europa bajo los ideales de la Revolución Francesa y la hegemonía política, económica y militar de Francia, recreando una suerte de segundo imperio Carolingio. Tras destronar a los sucesivos monarcas absolutos de Europa, Bonaparte había establecido una política agresiva de implantación de nuevos monarcas franceses, ligados a su familia, en cada país.
  • 4. Dominada Europa tras sucesivas campañas militares y alianzas forzosas, sólo Gran Bretaña, gracias a su insularidad, resistía el dominio de Napoleón. Imposibilitada su invasión tras la derrota de Trafalgar, Bonaparte estableció el Bloqueo Continental, prohibiendo que cualquier país comerciara con las Islas para ahogarlas económicamente.
  • 5. Portugal, aliado subordinado tradicional de Gran Bretaña, se negó. En virtud del Tratado de Fontainebleau, Bonaparte obligó a España a consentir la entrada de un Ejército francés de invasión. Aprovechando las discordias internas del gobierno español, los 30.000 soldados permitidos se elevarían pronto a más de 120.000, en un claro intento de invasión encubierta de la propia España.
  • 6. Tras los sucesos del Motín de Aranjuez en 1808, que llevan a la caída de Godoy, y la abdicación forzada del trono de España de Carlos IV a favor de su hijo Fernando, Napoleón decide destronar por la fuerza a los Braganza en Portugal y a los Borbones en España para asentar en los dos países monarcas franceses y asegurar su alianza y la puesta de todos sus recursos demográficos, económicos y militares al servicio de Francia.
  • 7. Llegadas las noticias de Aranjuez, en Madrid tienen lugar, el sábado 19 y el domingo 20 de marzo, numerosos disturbios populares en los que el pueblo madrileño toma las calles en apoyo a Fernando VII; numerosos inmuebles de personalidades afines al rey padre y a Godoy son asaltadas e incendiadas. Los Madrileños comprueban que con su actuación violenta popular sobre las calles pueden influir en los designios de sus atemorizados gobernantes.
  • 8. En Bayona, a la que ha hecho acudir a Carlos IV y a Fernando con engaños, Bonaparte hace abdicar a los dos de la corona de España que entregará a su hermano mayor, José Bonaparte. En Madrid, la presencia de más de 20.000 soldados franceses en actitud cada vez más arrogante y desafiadora, va encrespando los ánimos de los madrileños en los últimos días de abril.
  • 9. La Junta de Gobierno dejada en Madrid por Fernando VII, minada por la nulidad, cobardía y el afrancesamiento de varios de sus miembros, se ve impotente tanto para defender los derechos a la corona de Fernando como para detener la invasión militar francesa, por el momento pacífica. Varias conspiraciones cívico militares españolas profernandinas en contra de Bonaparte son desbaratadas por las propias autoridades españolas.
  • 10. El lunes Dos de Mayo, las capas más populares del Pueblo de Madrid, en un clamor violento de indignación antifrancesa, se echan en la calle ante el Palacio Real para impedir la marcha del último infante real. La violenta represión francesa no hace más que extender el sangriento motín por toda la ciudad.
  • 11. Durante cuatro horas, los franceses pierden el control de la ciudad sufriendo más de medio centenar de bajas entre muertos y heridos. Las autoridades españolas impiden salir a combatir a las débiles tropas españolas de guarnición. El pueblo, solo y sin armas, se enfrenta sangrientamente a los franceses. Apenas unas docenas de artilleros e infantes españoles del Parque de Monteleón desobedecen las órdenes uniéndose al pueblo y entregándole armas.
  • 12. A las dos de la tarde el motín ha sido sofocado en sangre por más de 20.000 soldados franceses. En la lucha morirán y serán ejecutados ante los pelotones de fusilamiento imperiales 410 madrileños (de entre ellos 57 mujeres y 13 niños, también 40 militares españoles). Otros dos centenares largos serán heridos.
  • 13. Días después serán conocidas las Renuncias de Bayona. El Gobierno español y los altos mandos militares acatarán la decisión. Sin embargo, el pueblo español y las autoridades locales y provinciales se rebelarán contra los designios del Emperador. Las noticias de la sangre vertida en Madrid irán llegando a todos los rincones de España. La mecha de la revolución contra las autoridades afrancesadas españolas, y de la guerra contra el Imperio que dominaba Europa, se desata.
  • 14. Seis años después y con casi un millón de muertos, España, convertida ya en Nación merced a la Constitución de 1812, vence, unidos sus soldados, sus guerrilleros y su pueblo, la guerra, expulsando a los franceses de la Península con el auxilio de sus aliados británicos y portugueses.
  • 15. Las batallas y acontecimientos que tuvieron lugar en Madrid, Móstoles, Valencia, Bailén, Zaragoza, Gerona, Astorga, Ciudad Rodrigo, Cádiz, La Albuera, Arapiles, Vitoria, San Marcial y Santoña, convirtieron estos escenarios en algunos de los más importantes de la Historia de la Guerra de la Indepencia.
por ARSENIO GARCÍA FUERTES * En elmundo.es



La Guerra de Independencia, 1808-1814, al finalizar el reinado de Carlos IV. Aparecen reflejados los movimientos del ejército francés, el contraataque de las tropas anglo-españolas, las respectivas victorias de cada bando y las ciudades sitiadas. Especial importancia tuvieron los sitios de Zaragoza y Gerona que, en los primeros meses de la guerra, sirvieron, además, para alentar a los insurrectos de todo el país. También destacaron por su importancia los puertos, donde desembarcaron las tropas inglesas, nación que tenía el dominio de los mares, y cuya estrategia de desembarcos sorpresa en distintos puntos de la costa para mantener en continuo movimiento a los franceses, resultó muy eficaz. En este sentido, Lisboa, Algeciras (recuérdese que Gibraltar es posesión inglesa desde 1713, como resultado del Tratado de Utrecht) y Mahón (devuelto a España por la paz de Versalles en 1783) permitieron el avance anglo-español hacia Madrid, Andalucía y Cataluña, respectivamente. Destacan en el mapa Las victorias francesas de Somosierra (1808) y Ocaña (1809), así como las obtenidas por las tropas hispano-británicas en Bailén (1808), Los Arapiles (1812) y San Marcial (1813).

El origen de la guerra se encuentra en los pactos entre Francia y Godoy, y más en concreto, el Tratado de Fontainebleau (1807), por el que España permitiría la entrada de tropas francesas camino de Portugal, tradicional aliado de los ingleses, para repartirse este país entre Francia, España y el propio Godoy, quien, con el título de rey, se quedaría con el Alentejo y el Algarbe. La Francia revolucionaria había emprendido una campaña de conquistas desde 1792, continuadas por Napoleón, que llevaron a la anexión a Francia o al dominio como estados aliados, de Los Países Bajos, Italia, Suiza, La confederación del Rhin, Las Provincias Ilíricas y Polonia, además de España. Iniciada la ocupación, supuestamente pacífica, del ejército francés, el descontento general con el monarca, Carlos IV, y su ministro Godoy, llevan al Motín de Aranjuez, alentado por la camarilla del príncipe de Asturias, en quien abdicaría su padre. En este clima convulso se produjeron las abdicaciones de Bayona cuando los monarcas españoles, llamados a esa ciudad francesa por Napoleón, ceden la corona a éste y Napoleón abdica en su hermano José I. La insurrección popular del 2 de mayo dio origen a la guerra.

La 1ª fase (1808-10) del conflicto se representa en el mapa con el avance de las tropas francesas, fruto del Tratado de Fontainebleau (1807), desde Bayona hasta Lisboa (al mando del general Junot), con penetración hacia Madrid (controlada por Murat, como lugarteniente de Napleón)vía Burgos, y de la capital del Reino hacia la Meseta Sur, camino de Andalucía. Al mismo tiempo, avanzan desde los Pirineos hacia Cataluña y el valle del Ebro, y desde Madrid hacia el NO. Los grandes puertos: Lisboa, Barcelona, Valencia, Cádiz (que nunca fue sometido por los franceses) y La Coruña constituyen un importante objetivo francés, conscientes de la superioridad naval inglesa y del peligro que suponía permitir el desembarco de tropas. Sin embargo, la resistencia de Zaragoza y Gerona, y la derrota de Bailén (julio 1808) acabaron con los planes de Napoleón de obtener una victoria rápida. Andalucía no pudo ser ocupada y la corte de José I debió evacuar Madrid.
Napoleón reaccionó viniendo en persona, al frente de su Gran Armada, formada por unos 200.000 hombres, y recuperó rápidamente Madrid (tras la batalla de Somosierra, 1808), Galicia, Cataluña, Aragón (una vez tomadas Gerona y Zaragoza), Valencia y Andalucía (tras la victoria francesa en Ocaña), es decir, prácticamente todo el territorio peninsular.

En la 2ª fase (18010-12) el ejército francés ha conquistado casi todo el país, pero la dispersión de las fuerzas francesas por la Península, el enfrentamiento a las tropas angloespañolas y, fundamentalmente, el desgaste continuo de la guerrilla impiden a Napoleón someter efectivamente el territorio y acabar la guerra. Para sorpresa de Napoleón, la que creía fácil ocupación se convirtió en una larga guerra ante la resistencia popular española, que se negó a aceptar el cambio dinástico y el dominio francés.
La táctica de guerrilla se explica por el desmoronamiento y dispersión del ejército español ante la superioridad francesa. La guerrilla estaba formada por partidas de composición muy heterogéneas: soldados aislados de sus unidades, campesinos conocedores del terreno, incluso bandoleros. Su ventaja procedía del conocimiento del terreno, la movilidad y el apoyo de la población. La fuerte represión francesa contribuyó a aumentar el odio contra el francés.
Los sitios suponían la defensa a ultranza de una ciudad, en la que se luchaba casa por casa, combinando la insurrección callejera y la táctica de guerrilla. El ejército francés, acostumbrado a luchar en campo abierto, perdía la ventaja de su superioridad. Los más destacados fueron los de Zaragoza, defendida por el general Palafox, tomada en febrero de 1809; Gerona, sitiada por tres veces y sólo conquistada en diciembre de ese mismo año; y Cádiz, que nunca fue ocupada.
En cuanto a la intervención inglesa, fue fruto de la alianza pactada con la Junta Central (enero de 1809), institución que, en sustitución de las antiguas autoridades españolas, se encarga de dirigir la insurrección contra los franceses. El dominio inglés de los mares permitió el desembarco de tropas en distintos puertos peninsulares, rompiendo la supremacía napoleónica. Desde el inicio de la R.F., Francia e Inglaterra se enfrentaron en una guerra que tendrá distintas etapa y que se prolongó durante el imperio napoleónico, como reflejan los tratados hispanofranceses contra Inglaterra (San Ildefonso, 1795 y 1800). Fruto de los mismos, tendrá lugar el enfrentamiento naval de Trafalgar y, posteriormente, al ponerse de manifiesto la superioridad naval de Gran Bretaña, el bloqueo continental diseñado por Napoleón. Tras la ocupación francesa, las alianzas se trocan y las tropas angloespañolas, al mando del duque de Wellington, acabarán imponiéndose al francés, en España y en Europa, tras la victoria de Waterloo.

La 3º fase (1812-14) viene marcada por el desarrollo de la campaña rusa. Ésta cambiaría la situación en España, de donde Napoleón retira casi la mitad de sus efectivos. Wellington, al frente de las tropas angloespañolas, aprovechando esta circunstancia, avanza desde la frontera portuguesa, consiguiendo las importantes victorias de Ciudad Rodrigo y Los Arapiles (1812), recuperando así Salamanca y Valladolid, como se muestra en el mapa. El triunfo en Vitoria y San Marcial (1813), en el Norte peninsular, expulsó a los franceses más allá de los Pirineos. 


Una victoria que valió un país. En esta única frase se puede resumir la batalla de Vitoria, en la que -tras varios años de dominio galo en la Península Ibérica- una alianza formada por tropas inglesas, portuguesas, y españolas logró poner en huída al ejército francés comandado por José Bonaparte -hermano de Napoleón-, e inició la reconquista definitiva del territorio arrebatado por el «pequeño corso». Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella.
  
José Bonaparte huyó dejando tras de sí su orinal

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.
Así,  la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.
Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.
Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.
Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.

 El Tratado de Valençay pondría fin a la guerra. La prolongación de la guerra, que Napoleón preveía rápida y que se transformó en una guerra de desgaste; la estrategia de guerra total, mediante la táctica de guerrilla y el sitio, tan distinta a la táctica del gran ejército napoleónico, curtido en las guerras europeas; la insurrección popular; el apoyo militar inglés; las consecuencias de la campaña rusa, etc. explican la derrota final francesa.

En cuanto a las consecuencias de la Guerra, conviene destacar, en primer lugar, las humanas y económicas. Si, por lo que respecta a las primeras, se calcula en cerca de medio millón los muertos, en lo económico podemos hablar de un país destruido: casas e infraestructuras (caminos, puentes, industrias, etc.) arrasadas, campos incultos y ganados sacrificados, ruina de la Hacienda Pública, robo y destrucción de buena parte del patrimonio histórico-artístico, etc.
Desde el punto de vista político, supuso la crisis del A.R. al producirse, junto con la guerra nacional de liberación, un proceso revolucionario que llevaría a adoptar la soberanía nacional, columna vertebral del Estado liberal. La guerra, además, al otorgar protagonismo a las clases no privilegiadas, acabó por socavar las bases del A.R., pues la Nación, sin sus reyes, tuvo que gobernarse a sí misma. Aunque a la vuelta de Fernando VII se restauró el absolutismo, este sistema ya estaba herido de muerte. También puso fin al imperio español, al alentar la emancipación de las colonias americanas y, finalmente, el paso de España a potencia de segundo orden en el ámbito internacional.

 

PARA SABER MÁS, VER: 

Guerra de la Independencia española, 1808-1814 (http://www.1808-1814.org/)

 Bibliografía histórica sobre la Guerra de la Independencia. Algunos textos históricos de la Biblioteca Nacional escaneados y disponibles.(http://bvpb.mcu.es/independencia/es/micrositios/inicio.cmd)

  Obras destacadas

 

  Son cientos los episodios en los que la valentía española se hace un hueco en la Historia. No obstante, pocos hechos hay más heroicos que los protagonizados por los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, quienes murieron heroicamente en las calles de Madrid luchando, sin más ayuda que un mosquete y un sable, contra miles de invasores franceses

El 2 de mayo de 1808 el pueblo español se levantó contra el enemigo que amenazaba su soberanía: Napoleón, personificado en cada militar francés. Junto a él, multitud de soldados también tomaron las armas y, aunque en aquel momento la revuelta fue reprimida, sin duda sentó las bases para la expulsión francesa cinco años después

 La defensa del Parque de Monteleón. joaquín sorolla

 Para conocer la historia de estos dos heroicos españoles es necesario remontarse hasta el año 1807, tras la creación de una alianza entre la Francia de Napoleón y la España de Carlos IV. Por aquellos tiempos, el «pequeño corso» quería a toda costa conquistar Portugal, por lo que ofreció a Manuel Godoy, valido del rey, un tratado aparentemente inmejorable: el reparto del país luso una vez derrotado.

Las condiciones parecían óptimas para los españoles, que únicamente debían «abrir las fronteras» al ejército francés para facilitar su llegada a Portugal a través de la Península. Como era de esperar, el conocido como «Tratado de Fontainebleau» hizo mella en la corona, que permitió al ejército imperial de Napoleón cruzar España de punta a punta.
Sin embargo, lo que nadie podía imaginarse es que las intenciones del emperador francés eran otras. Así, de los más de 60.000 soldados que entraron en España, no todos se dirigieron hacia la frontera portuguesa, sino que multitud de unidades imperiales fueron estableciéndose en decenas de localidades españolas para sorpresa de los ciudadanos.
Esta «toma pacífica» de territorios provocó el recelo de los españoles, que comenzaron a sospechar de una posible invasión encubierta de Napoleón. A su vez, no ayudaron a calmar las cosas las intrigas políticas de Napoleón -que pretendía conseguir el trono español- y la entrada del mariscal francés Joaquín Murat junto a un gran ejército en Madrid.
Finalmente, la paciencia de los ciudadanos de la capital terminó por acabarse cuando observaron que Napoleón pretendía trasladar a un miembro de la familia real española fuera de Madrid. Ese mismo día, el 2 de mayo de 1808, el pueblo se levantó contra la ocupación francesa harto del «pequeño corso». Así, multitud de madrileños salieron a la calle armados con todo tipo de rudimentarias armas para combatir al ejército imperial en defensa de la libertad e independencia española.
No obstante, no tendrían el apoyo oficial del ejército español. «Los altos mandos del Ejército español dependían de la Junta de Gobierno que estaba a las órdenes de la Corona, entregada en esos momentos a la voluntad de Napoleón. Las órdenes tajantes eran colaborar con los franceses y no participar en los combates, y en aras de la disciplina los militares no se movieron de los cuarteles»

Por aquel entonces, la casualidad quiso que en Madrid se encontraran el capitán andaluz Luis Daoíz y el militar cántabro Pedro Velarde. El primero, de 41 años, se encontraba al mando del Parque de Artillería de Monteleón (ubicado en la actual «Plaza del dos de Mayo») y tenía a sus espaldas más de 30 años de servicio fiel a España. Por su parte, el segundo, que contaba 29 años, se había hecho un hueco en las altas esferas del Estado Mayor del Cuerpo de Artillería.
Ambos vieron en esta revolución un momento perfecto para luchar por la soberanía española. Así, y a pesar de que desde el gobierno se les había ordenado no combatir contra los franceses, decidieron ponerse de lado del pueblo que, con piedras, palos y navajas, se enfrentaba a miles de soldados franceses.
«Las fuerzas españolas eran unos 5.000 hombres, en su mayoría acuartelados fuera de la ciudad, y los franceses unos 40.000, situados en el casco urbano y alrededores (Leganés, El Pardo, Casa de Campo, Fuencarral…)»
El primer paso para poder combatir y organizar una buena defensa era liberar el Parque de Artillería de Monteleón, uno de los pocos enclaves en los que los escasos militares españoles que habían decidido apoyar la rebelión podían plantar cara al ejército francés. El lugar, en cambio, estaba guardado por una unidad de 80 soldados franceses.
Para iniciar su plan, Velarde convenció a un oficial superior para que le cediera el mando de una unidad española afirmando que pretendía ayudar a los franceses que defendían Monteleón. De esta forma, le fue concedido el mando de la 3º compañía del capitán Goicoechea
En su camino, la sangre de los madrileños salpicaba las calles de la capital, pues se enfrentaban a una fuerza mejor armada y preparada para el combate. «Los patriotas tuvieron que enfrentarse, casi desarmados, contra las bien equipadas unidades de infantería y caballería napoleónicas, apoyadas por cañones que barrieron a la población civil», explica por su parte Laínez.
Al llegar a Monteleón junto a su treintena de soldados, Velarde no tuvo problemas en entrar en el enclave engañando a los franceses. «El español anunció con voz firme al capitán que las tropas de infantería que traía con él estaban destinadas a reforzar la seguridad del parque. Accedió entonces el francés a que los soldados de Goicoechea franqueasen los portones», explica García en su texto.
Sin embargo, cuando sus soldados tomaron posiciones alrededor de las tropas de Napoleón, la actitud de Velarde cambió radicalmente. El español se giró hacia el oficial francés y le informó de que, o sus hombres tiraban las armas, o serían masacrados. Al galo no le quedó más remedio que capitular, pues, aunque mayor en número, su fuerza se encontraba en ese momento desprevenida.
Ya estaba hecho, los españoles habían tomado el emplazamiento arengados por los madrileños que, desde fuera, pedían que se les entregase arma para poder enfrentarse en igualdad de condiciones a los soldados imperiales. «A las puertas de Monteleón, la muchedumbre se arremolinaba. La llegada de los fusileros de Estado con Velarde había animado a todos los presentes a vitorearlos»

Tras tomar Monteleón, Velarde, que estaba exultante, pensaba encontrarse con un Daoíz dispuesto a combatir, nada más lejos de la realidad. «El siempre sereno Luis Daoíz había llegado (…) hecho una furia. Él era el oficial al mando de Monteleón y capitán con más antigüedad con Pedro Velarde. El oficial se había atribuido unos poderes y una autoridad que no le correspondían»re los franceses

En aquel momento, y según se cree, ambos capitanes tuvieron más que palabras ya que, mientras que Daoíz quería seguir las órdenes de no atacar a los franceses, Velarde estaba convencido de que debían unirse al pueblo. «Finalmente, Luis Daoíz se detuvo en seco, alzó la vista, se quitó el bicornio y desenvainó su sable. Se volvió hacia sus veinte artilleros y su voz sonó más alta en el patio de arena: "¡Abrid las puertas. Las armas al pueblo! ¿No son nuestros hermanos?”»
Por su parte, mientras los defensores de Monteleón armaban al pueblo, las columnas francesas habían conseguido conquistar todo el centro de Madrid y se dirigían ahora hacia uno de los últimos enclaves españoles de la capital: en el que se encontraban Daoíz y Velarde.
«Daoíz representaba mentalmente sus posibilidades. Encerrado entre aquellas estrechas callejuelas, el parque carecía de defensa, su acceso estaba franco desde tres calles que confluían en su portón. Ninguna de ellas era defendible desde el interior del vasto edificio, que nunca había sido diseñado con fines militares», explica García. No obstante, y aunque su muerte era segura, prepararon las defensas para resistir contra el ejército imperial, que cada vez estaba más cerca de Monteleón.

Los primeros combates de los defensores se realizaron contra una pequeña unidad de tiradores franceses. Estos, al acercarse al enclave español y pedir hablar con el oficial al mando, fueron recibidos a balazos. Sin embargo, esto no fue más que una pequeña escaramuza inicial, Daoíz y Velarde sabían que pronto llegaría el grueso de las tropas y era necesario posicionar a sus hombres.
Tras situar las defensas, los españoles se enfrentaron a su primer combate serio cuando una unidad francesa –originaria de Westfalia, en Alemania- se acercó a Monteleón. Lo que no sabían los asaltantes es que les esperaba una cruel sorpresa tras los portones del pequeño fuerte.
«Al tratar de descerrajar la puerta (…) un estruendo de humo y fuego llenó la calle. Varios gastadores (soldados alemanes) cayeron heridos por el fuego de los mosquetes (…). En aquel momento, un estruendo aún mayor echó las puertas abajo. Las tres piezas de artillería, desplegadas en su interior, habían abierto fuego abatiendo el portón, que cayó sobre los westfalianos», determina el escritor.
Los soldados no tuvieron tiempo de responder al fuego. Su oficial al mando sólo pudo gritar una orden: la de huída. Por su parte, los españoles aprovecharon su ventaja y persiguieron en su carrera a los enemigos gritando consignas contra los soldados imperiales y alabanzas en favor del rey Fernando.
«Daoíz aprovechó la retirada de los franceses para ordenar derribar lo que quedaba de los portones. Dos cañones fueron emplazados hacia la calle San Bernardo; otros dos, hacia Fuencarral, y el que quedaba hacia la calle de San Pedro Nueva»

Esta victoria, sin embargo, fue efímera, pues, al fin, los franceses hicieron su aparición delante de Monteleón. A partir de ese momento, su estrategia fue clara: coser a cañonazos a la artillería española. Su intención era doble, por un lado, pretendían acabar con los civiles y militares que manejaban los cañones, por otro, querían hacer que los españoles gastaran toda su munición. Desgraciadamente la táctica imperial fue efectiva, pues los madrileños sufrieron grandes bajas.
Finalmente, las tropas francesas se decidieron a asaltar Monteleón con la bayoneta de sus fusiles calada. «Con el frente de 5 hombres (…) el 1º batallón del 4º provisional (francés) se lanzó hacia Monteleón», determina el experto en su obra. Los españoles, desesperados, lanzaron una descarga de artillería causando grandes bajas en sus enemigos, pero no consiguieron medrar su ánimo. El final estaba cerca.

No obstante, cuando los defensores casi podían sentir el frío acero de los cuchillos franceses, un milagro se sucedió en el campo de batalla. A lo lejos, y de forma totalmente repentina, apareció un oficial local portando una bandera blanca. Los franceses detuvieron su carga al instante, al igual que los españoles, que dejaron sus puestos de fuego.
El oficial, casi sin respiración, desmontó y se dirigió hacia Velarde. Designado por la Junta de Gobierno, instó a voz en grito a que los defensores abandonaran su propósito y se rindieran. «El capitán francés que quedó al mando de la columna oía discutir a los dos oficiales españoles. Ordenó a sus hombres que comenzaran a avanzar a pequeños pasos hacia la batería española. Había que acortar distancia con o sin tregua»
La conversación no duró mucho, pues uno de los defensores se interpuso entre ambos oficiales gritando vítores a favor de Fernando VII. La reacción fue inmediata: los españoles dispararon sus cañones y sus fusiles a quemarropa sobre los franceses, quienes estaban con la guardia baja esperando a que los oficiales acabaran de parlamentar
«La inesperada descarga barrió la cabeza de la compañía francesa (…), la mayoría de ellos arrojó entonces sus fusiles al suelo y levantaron los brazos en señal de rendición», explica el experto en su obra. La picaresca española había conseguido ganar una batalla, no obstante, los franceses no cometerían nuevamente este error.
Tras detener el último ataque, los militares hicieron un recuento de los supervivientes. «Daoíz y Velarde (…) repasaron las fuerzas que les restaban. Apenas quedaban diez artilleros entre mandos y soldados. Otra veintena larga de infantes Voluntarios de Estado y medio centenar de civiles seguían peleando con ellos», explica el escritor. Además, sólo quedaban media docena de cargas por pieza de artillería, por lo que Velarde decidió usar las afiladas piedras de sílex de los mosquetes como metralla.
Las cosas pintaban realmente feas, sin casi combatientes ni munición los españoles sólo podían esperar la hora de su muerte. Por su parte, los franceses habían tomado casi la totalidad de Madrid, por lo que sólo era cuestión de tiempo que acabaran venciendo las defensas de Monteleón.

Este pequeño enclave ya había hecho perder la paciencia a Murat, que no entendía como unos pocos soldados y unos centenares de civiles podían contrarrestar la fuerza de su ejército imperial. Por ello, ordenó asaltar Monteleón desde todas las calles posibles. «Los minutos pasaban con gran lentitud. Más de dos mil franceses preparaban su tercer asalto. Menos de cien españoles los esperaban sin intención de rendirse»
«El ataque, como había ordenado Murat, fue simultáneo desde las calles de San Miguel, San José y San Pedro Nueva. Las tres columnas, con las compañías de granaderos a su cabeza, aparecieron como una negra sombra erizada de bayonetas destellantes»
El asalto definitivo asoló a los españoles, que se vieron superados por una fuerza 30 veces mayor. A su vez, el fuego de algunas unidades de tiradores franceses situados en balcones y casas hizo bajar rápidamente el número de defensores. En el fragor de la batalla, y como explica en este caso Benito Pérez Galdós en uno de sus «Episodios Nacionales», «Daoíz fue alcanzado por la espalda con una bayoneta y posteriormente acribillado a estocadas». El valiente capitán había defendido hasta su último aliento Monteleón, pero todo su valor no había conseguido detener a los franceses.
«Ochocientos franceses confluyeron en las puertas de Monteleón desde sus tres costados, barriendo a los últimos cincuenta defensores a bayonetazos y con un fuego devastador y a quemarropa»
Por su parte, Velarde cayó cuando acudía junto a varios fusileros a reforzar una de las entradas. Un oficial polaco le disparó a quemarropa en el corazón haciendo que su cuerpo cayera con violencia en el suelo. Todo había acabado.
«El cuerpo de Daoíz fue trasladado a su casa, y el de Velarde fue profanado por el enemigo hasta que horas más tarde fue recogido y trasladado primero al cuartel y posteriormente a la iglesia de San Martín, donde fue amortajado con un hábito de San Francisco; al día siguiente, fue enterrado en el lugar denominado El Jardinillo, dentro del templo, junto a Daoíz», determina en este caso Galdós. Ambos acabaron como empezaron, juntos.

FUENTE: Fernando Martínez Laínez


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