879 SIGLO XVII

SIGLO XVII
Oficial y muchacha sonriendo', de Johannes Vermeer

En el siglo XVII, cuando se estaban inventando y poniendo en práctica algunos de los valores supremos de la vida moderna, la tolerancia religiosa, el pluralismo político, el pragmatismo, la disposición para el acuerdo, la higiene pública, el examen atento del mundo natural.
Los dos tienen en común una fascinación por los nuevos instrumentos ópticos que están llevando la mirada más lejos de lo que ha ido nunca hasta ahora: los teles­copios que aproximan las órbitas de los planetas y los valles y las montañas de la Luna; los aparatos inversos, para los que acaba de inventarse el nombre de microscopios, que permiten distinguir los ojos poliédricos de una mosca, la pata de una pulga, la anatomía repelente de un piojo, más monstruoso que las gárgolas esculpidas en los capiteles de las iglesias antiguas.
Parece que nadie antes que Vermeer captó con tal clarividencia los tesoros que caben en una simple habitación iluminada por una ventana lateral.

Caracterización del siglo XVII como época particularmente nefasta dentro de la historia de la humanidad. Es cierto que hizo más frío que nunca, que se pasó mucha hambre, que la peste se ensañó con una población desprovista de ayuda médica (por no hablar de una presunta ayuda divina que no se vio por ninguna parte como es lógico) y que hubo muchísimas guerras, tal vez más que en otros momentos.



Durante el siglo XVII se dio en casi todos los países de Europa una lucha entre dos concepciones políticas opuestas, una defendía que todo el poder debía estar en manos del rey y que este no tenía que rendir cuentas ante nadie, la otra era partidaria de que el rey compartiese el poder con los parlamentos, encargados de elaborar las leyes y de controlar al gobierno.

Entre los defensores del absolutismo hubo dos tipos de justificaciones teóricas. Pensadores como Hobbes y Bodin opinaban que el poder absoluto del rey era el único medio para evitar que los intereses particulares acabasen con el orden social. Otros como Bossuet defendieron el absolutismo explicando que el poder del rey provenía directamente de Dios, y que era superior a cualquier institución terrenal.

Los defensores del parlamentarismo, entre los que destacó Locke, afirmaban que las personas habían cedido voluntariamente su soberanía a la sociedad, y que esta estaba representada en los Parlamentos, que elaboraban las leyes. El rey ostentaba el gobierno, pero si no ejercía su poder en beneficio de la sociedad, los súbditos podían rebelarse.

En este período, todas las monarquías europeas intentaron imponer el modelo absolutista. Los resultados fueron muy diferentes según los casos:
  • Luis XIV (1643-1715) en Francia significó el modelo más claro de triunfo del absolutismo. Centralizó la administración y elevó los impuestos para pagar los crecientes gastos del Estado.
  • Inglaterra fue el caso opuesto. El esfuerzo de la dinastía Estuardo por implantar el sistema absolutista se saldó con dos revoluciones y el triunfo definitivo del modelo de monarquía parlamentaria, aceptado por Guillermo III con la firma de la Declaración de Derechos en 1689.
  • En otros países como España o el Sacro Imperio, las tentativas absolutistas no tuvieron el éxito esperado y debieron posponerse hasta el siglo siguiente.
  • En la Monarquía Hispánica, durante el reinado de Felipe IV el valido del rey, el conde-duque de Olivares, intentó una reforma general de la monarquía para a...
Los intentos centralizadores absolutistas y las continuas subidas de impuestos para sufragar los gastos estatales desembocaron, a mediados de siglo, en numerosas rebeliones y revoluciones. Entre ellas destaca la triunfante revolución inglesa, las sublevaciones de Portugal, Cataluña y Nápoles en la Monarquía Hispánica, o la Fronda en Francia.

La política exterior del siglo XVII se puede dividir en tres períodos, cada uno de ellos con sus características propias:
  • Hasta 1618 las monarquías europeas vivieron un período de paz, consecuencia principalmente del agotamiento causado por las guerras sufridas a lo largo del siglo XVI.
  • Entre 1618 y 1648 se desarrolló la guerra de los Treinta Años, que comenzó como un enfrentamiento religioso entre católicos y protestantes en el Sacro Imperio y se convirtió en una lucha por la hegemonía en Europa. La Paz de Westfalia (1648) supuso el fin de la hegemonía española en favor de Francia.
  • La segunda mitad del siglo estuvo marcada por la supremacía francesa. Luis XIV se embarcó en toda una serie de guerras para aumentar sus fronteras, principalmente hacia el Rhin, a costa de los Países Bajos españoles y de determinados territorios del Sacro Imperio.
Nicolaes Eliasz Pickenoy (1591-1653).

La Edad de Oro holandesa de la pintura está marcada por las obras de Rembrandt, Vermeer y los monumentales retratos de grupo de los burgueses que administraron el Estado. En el siglo XVII, las Provincias Unidas de los Países Bajos estaban en manos de ciudadanos organizados en torno a milicias urbanas, gremios y el equivalente al consejo de administración de orfelinatos o casas de caridad. Eran los regentes, gente corriente a pesar de tan sonoro título, que se retrataron con el aplomo reservado en otros países a la monarquía o el alto clero.

Los más prominentes eran los que mandaban cuando la República iba por delante del resto de Europa en materia de comercio, avances científicos y lo que hoy llamaríamos seguridad social, entendida como una red de instituciones caritativas para enfermos, ancianos, huérfanos, viudas y solteras. “Eran como clubes sociales con ánimo benefactor, donde los directivos varones se ocupaban de la administración y mantenimiento del edificio. Las damas burguesas tenían más tiempo y estaban al tanto del día a día. Los cargos se heredaban y eran esenciales para estar bien conectado y reforzar el poder de la oligarquía”, 

Para los delincuentes, mendigos y vagabundos la caridad se tornaba cárcel o correccional fuera de los muros de la ciudad, pero el sistema era igual, con los burgueses enriquecidos al frente.


RELACIONES INTERNACIONALES

La Paz de Westfalia (1648) marcó el punto de arranque de un período histórico conocido como el Sistema del “Equilibrio Europeo” . Tras la Reforma Protestante y la Guerra de los Treinta Años, se fijaron finalmente las fronteras religiosas definitivas entre católicos y protestantes en Europa.

El sistema de relaciones internacionales […] que puso fin a la Guerra de los Treinta Años. […] La característica fundamental que define a éste es el liderazgo compartido que ejerce un grupo de países (de número variable, dependiendo de las diversas coyunturas históricas) sobre la ecúmene europea, vigilándose mutuamente y procurando que ninguno de ellos llegue a alcanzar la suficiente ventaja sobre los demás como para poderle permitir ejercer el papel hegemónico que la España de los Habsburgo había venido desempeñando hasta el estallido del conflicto citado.”

Ese orden sobrevivió hasta el estallido de la Revolución Francesa (1789).



1. España. Para saber más, ver: HIS-ESP-MODERNA-XVII
El intento austro-español de imponer la unidad religiosa en Alemania en la Guerra de los Treinta Años acabó en un baño de sangre que, de alguna manera, fue una especie de anuncio de lo que estaba por venir.

2 Francia: Francia era, con diferencia, la estructura política más poderosa que había en Europa de entre las que aún resistían al poder de los Habsburgo. A pesar del equilibrio de fuerzas descrito en la Paz de Wetfalia , en el período que se abrió tras el tratado, se produce un claro liderazgo francés sobre el resto de la ecúmene. Es indudable que este país -entre 1648 y 1815- fue la primera potencia europea, lo que para muchos significaba ser también la primera potencia del mundo.

La política de guerra y expansión territorial Luis XIV contaba sin duda con el ejército más poderoso de Europa. Así se reflejaba en los efectivos que llegó a reunir, que alcanzaron cifras nunca vistas en el continente. En 1661 el ejército francés tenía una dimensión más bien modesta, a causa en buena parte del desarme que siguió al final de la guerra con España, sancionado en la paz de los Pirineos (1660). Entonces el rey de Francia contaba con unos 32.000 soldados de infantería (de los que 19.000 eran propiamente franceses), unos 8.400 en compañías francas (es decir, no organizadas en regimientos) y unos 8.500 soldados de caballería; lo que hacía un total de casi 50.000 hombres. Apenas siete años más tarde, en 1668, estos efectivos se habían quintuplicado: 220.000 soldados de infantería, 60.000 de caballería y 10.000 de las fuerzas selectas de la Casa del Rey. En 1690 la cifra ya se elevaba a un total de 388.000 hombres, que ascenderían a 600.000 si se les suman las fuerzas de milicias y las de la marina. Eran unas cifras de efectivos nunca vistas en Europa, lo que arrastró a las demás potencias a seguir como pudieran esta desenfrenada y costosísima escalada, si no querían dejar de ser consideradas como tales.

Movilizar eficazmente semejantes masas de hombres requería un ingente esfuerzo por parte del Estado en todos los planos, en primer lugar el financiero. Soldadas, abastecimientos y armamento engullían una proporción enorme de los recursos del Estado. Sabemos que en 1691 nada menos que el 73 por ciento de todos los ingresos públicos de la monarquía francesa iban destinados al ejército, y el 16 por ciento a la marina. Semejantes dispendios eran difíciles de soportar incluso para los ministros del rey. En 1674, por ejemplo, Colbert, ministro de Hacienda, dirigió esta advertencia al rey mientras éste dirigía el asedio de Besançon, en el Franco Condado: «He oído decir que Vuestra Majestad ha superado en mucho el dinero acordado para el sitio de Besançon. Estoy obligado a decir a Vuestra Majestad que no podré pagarlo. Os ruego que toméis en consideración la miseria de vuestros pueblos y el mal estado de las cosechas». Pero Colbert poco podía ante las apetencias conquistadoras de su soberano, y tras su muerte en 1683 Luis XIV estuvo aún más libre para gastar sin tasa en sus campañas militares. Ello hizo que, para «alimentar» a este nuevo ejército, el gobierno de Luis XIV hubiera de crear nuevos impuestos, incluidos dos que pretendían gravar los bienes del conjunto de la población, incluida la nobleza y el clero: la capitación, establecida en 1695, y la décima o dixième, de 1710.
Sin embargo, el éxito de los ejércitos de Luis XIV no radicó en las cifras globales de combatientes y de recursos financieros, sino más bien en otro factor: el modelo de organización de las fuerzas armadas. Fue la estructura de mando, la disciplina, el sistema de abastecimiento de provisiones y de armamento y el control completo por parte del Estado de los asuntos bélicos lo que dio a Francia una ventaja decisiva sobre sus rivales y lo que convertiría al ejército francés en un ejemplo para las máquinas militares de los demás países europeos a lo largo de más de un siglo.

3. Holanda: Holanda fue capaz de liberarse del “yugo español” ya a finales del siglo XVI, en tiempos de Felipe II. Luchó duramente para conseguir su libertad, convirtiéndose a continuación en una de las cinco naciones que protagonizaron la expansión ultramarina europea durante la Edad Moderna. Es cierto que, desde las posesiones del Flandes español (las actuales Bélgica y Luxemburgo), los famosos tercios de Flandes no dejaron de amenazarlos hasta 1700, pero se ha hablado mucho menos de la barrera protectora que los hispanos crearon a su alrededor. Es obvio que Bélgica se interpone entre Francia y Holanda y que una eventual ofensiva francesa en dirección noreste se topaba primero con una de las guarniciones más poderosas de la Confederación de los Habsburgo, lo que liberaba a los holandeses de preocupaciones por ese frente. Esa posibilidad, siempre latente, impidió que los españoles llegaran a emplear todo su potencial contra los Países Bajos. De hecho la más feroz ofensiva que los ibéricos lanzaron contra ellos terminó dándose la vuelta para invadir Francia (1589), lo que salvó in extremis la independencia holandesa. Pero desde Bélgica España no sólo guardaba a Holanda de una potencial agresión francesa, también de posibles intervenciones inglesas o austriacas que nunca se concretaron, fundamentalmente porque la cercanía de las tropas españolas disuadía a cualquier otro posible atacante, por tanto la presencia hispana ejercía un doble papel: por una parte impedía su expansión territorial pero, por la otra, protegía de eventuales agresiones foráneas.

La Paz de Nimega

Entre agosto de 1678 y febrero del 79 se firman unos acuerdos con el objetivo fundamental de establecer una situación pacífica entre los pueblos franceses y las Provincias Unidas, actualmente Holanda. 
La invasión holandesa de manos de Luis XIV había originado la formación de una coalición con Guillermo III de Orange a la cabeza, con España, Lorena, Brandeburgo y El Palatinado como partícipes, que no conseguía detener la ofensiva francesa hasta que el pueblo Inglés se vio obligado a abandonar Francia y los planes de expansión europeos que habían programado. El pueblo de Inglaterra selló un acuerdo aislado, con las Provincias Unidas.
En este momento el apoyo entre Inglaterra y Francia se ve muy debilitado, por lo que se hizo necesario este pacto, la Paz de Nimega en el que Luis XIV devolvería a España los territorios de Ourdenaarde, Gante, Courtrai, Charleroi y Limburgo. A su vez, España cedía a Francia el Franco Condado y algunas plazas de los Países Bajos españoles. El pueblo holandés veía incrementadas sus posesiones con Maastricht y además recibió ciertas ventajas financieras y comerciales. El Imperio cedió Friburgo y Breisach pero no gratuitamente, ya que pedía a cambio el territorio de Philipsburg.
El mayor perjudicado de este acuerdo fue el pueblo español.

4. Alemania: La alianza austro-española fue revelando toda su potencialidad a lo largo de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), en la que los españoles fueron repeliendo en Alemania sucesivos ataques de daneses, suecos, franceses...
El Sacro Imperio Romano Germánico medieval siempre fue una deslumbrante fachada ceremonial que se sustentaba sobre una laxa confederación de señoríos feudales. El poder del Emperador (rimbombante título que ocultaba su debilidad esencial) se sostenía gracias a una serie de interminables negociaciones con los señores de toda Alemania. El cargo situado en la cima política del poder feudal europeo no era más que un “primus inter pares” (el primero entre iguales). El emperador era elegido por los famosos siete electores (los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, el Rey de Bohemia, el Conde Palatino del Rhin, el Duque de Sajonia y el Margrave de Brandeburgo), que vendían bastante caro su voto, y cuando el monarca convocaba a los suyos para la guerra, acudían sólo aquellos que, en cada momento, estaban dispuestos a secundarle. El poder coactivo del Emperador sobre sus súbditos era limitado. Y así transcurrió no sólo la Edad Media, sino también la Moderna, hasta la supresión de la institución (en 1806).

5.  Italia : Las repúblicas del norte de Italia (Florencia, Venecia, Génova...) se convirtieron de facto en un protectorado español a lo largo de los siglos XVI y XVII. Esas circunstancias garantizaron durante ese tiempo independencia “dentro de un orden”. Mientras se mantuvieran fieles al catolicismo y al statu quo no tendrían nada que temer. Desde Milán, Cerdeña, Sicilia y Nápoles los españoles vigilaban atentos todo lo que pasaba en Italia y los protegía de eventuales incursiones francesas (tendrían que atravesar Milán, algo poco probable), austriacas (no les convenía irritar a los españoles, pues los necesitaban a su lado en los escenarios alemanes), pontificias (dependían demasiado de España, estaban rodeados de españoles y guardaban en la memoria el famoso “Saco de Roma” -1527- en el que un papa empeñado en afirmar su autoridad frente al Imperio tuvo que ver como los “católicos” españoles junto a lansquenetes alemanes arrasaban su capital en una dura operación de castigo) o turcas (esta era la amenaza más real).

- Los territorios pontificios: Aquí valen la mayor parte de los argumentos que hemos utilizado para la Italia del norte.

6. Inglaterra: Francia y España impidieron, cada una en las zonas que controlaban, cualquier incursión militar viable inglesa en el continente. La tenaza española que aprisionaba a Francia impidió que este país se expandiera por el mismo y, en consecuencia, adquiriera la potencia y tuviera la tranquilidad necesaria como para poder permitirse un asalto a las islas británicas. Tengan en cuenta que el proyecto de imperio continental francés que los españoles (durante los siglos XVI y XVII) y sus herederos (durante el XVIII) impidieron fue el que Napoleón intentó crear aceleradamente en un espacio temporal de 16 años. Imagínense que unos monarcas pre-napoleónicos hubieran tenido trescientos años de margen para poner en marcha ese proyecto. ¿Qué piensan que hubiera sucedido en Inglaterra? España, además, durante los dos siglos ya citados sostuvo de manera más o menos indirecta a toda la disidencia católica, tanto inglesa como irlandesa, alimentando así los conflictos religiosos en las islas y provocando, como reacción, una creciente vinculación entre la Iglesia y el Estado en Inglaterra. El anti-papismo inglés fue derivando en un “catolicismo de estado” que terminó asimilando buena parte de las categorías mentales de sus adversarios.

7. Portugal: Entre 1580 y 1640 Portugal fue uno de los reinos integrados en el Imperio de los Habsburgo. Pero antes y después de ese período, los españoles envolvían, prácticamente, los territorios que componían la metrópoli portuguesa y, en América, la colonia del Brasil. Existía la posibilidad de un ataque inglés o francés por mar, que la cercanía de los españoles obviamente disuadía.


 Durante los siglos XVII y XVIII se van desplegando en Europa Oriental varios imperios multiétnicos (Prusia, Austria, Rusia, Imperio turco), algunos de los cuales poseen un claro perfil eurípeto, que son contagiados en el XIX por el nacionalismo propio de esa centuria que evoluciona desde su originaria ascendencia francesa, volviéndose más corrosivo conforme avanza hacia el este. El nacionalismo alemán, que debía cumplir la misión histórica de situar a su país en la cumbre del liderazgo planetario, fracasó estrepitosamente, empleó unos niveles de violencia nunca antes vistos en Europa y el resultado final fue la exacerbación de una multitud de proyectos nacionales alternativos cuyo proceso de despliegue está aún lejos de haber terminado y que se disputan entre ellos un espacio vital tan limitado que es manifiestamente imposible que pueda ser satisfecho en ningún caso.

PARA SABER MÁS, VER:

El siglo del Barroco.

La Europa del Barroco. Transformaciones políticas y económicas. La Europa de Westfalia. El Siglo de Oro español. Unidad didáctica del CNICE.
Guerra y sociedad en la Europa del Antiguo Régimen. 1618-1789. M.S. Anderson. Madrid, Ministerio de Defensa, 1990.
polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-estructura-del-sistema-europeo

MAPA EUROPA S. XVII



PARA SABER MÁS, VER:

El siglo maldito. Clima, guerra y catástrofe en el siglo XVII. Geoffrey Parker. Traducción de Victoria Gordo del Rey y Jesús Cuéllar. Planeta. Barcelona, 2013. 1.504 páginas,  39,50 euros (electrónico: 15,99)

- obra compleja, que plantea una copiosa serie de cuestiones de gran interés tanto para el debate historiográfico (“pequeña edad de hielo”, “crisis general” o “revolución general” en el siglo XVII) como para el debate actual (el cambio climático como un elemento que se revela primordial para el futuro de la humanidad

Jan van der Heyden (1637-1712), 'View of the Dam', 1668; de la colección del Museo de Ámsterdam.

La edad de oro de la pintura de lo cotidiano y real es también la del comienzo del método científico. Al esquematismo geométrico de la perspectiva italiana los pintores holandeses le oponen una percepción a la vez más sutil y más inmediata, que tiene en cuenta las distorsiones naturales de la mirada y las veladuras de la atmósfera

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