1013 HISTORIA ESPAÑA MEDIEVAL. LA RECONQUISTA


La expansión de los reinos y la repoblación




  LA RECONQUISTA
    La Reconquista ha ido unida a la repoblación de las tierras ocupadas. La Reconquista no solo fue la lucha contra los musulmanes por recuperar España; también fue un periodo de razias y aceifas, sólo por conseguir un botín; y la expansión territorial de los reinos cristianos en busca de nuevos espacios para cultivar y comerciar. Tras la derrota de Covadonga, los musulmanes tienden a establecerse en el sur, más urbanizado. En la submeseta norte se instalan los agricultores y ganaderos bereberes y muladíes. El valle del Duero será uno de los territorios menos poblados de la península, y casi totalmente fuera del control administrativo tanto de Córdoba, como de Asturias y la nobleza, ya sea cristiana o musulmana. Sin embargo, la región no estaba totalmente vacía. Una serie de pequeños pueblos jalonaban el país. Estas aldeas daban la alarma a ambos bandos en el momento que se iniciaban las razias. Cuando comience la expansión de los reinos cristianos hacia el sur estas serán las primeras tierras que ocupen. La repoblación se hará siguiendo las pautas del Derecho romano.
 

    En el proceso se distinguen cuatro periodos: la repoblación hasta el Duero, la repoblación hasta el Sistema Central, la repoblación de la submeseta sur y la repoblación de Andalucía y Murcia. Además, se diferencian tres ámbitos de avance: uno al oeste, el de los reinos de León y Castilla; y dos en el este, el de Navarra y Aragón y el de los condados catalanes, que desde 1131 es el mismo. En 1151 las coronas de Castilla y Aragón se reparten las zonas de expansión, en Tudillén. Este tratado se modificará en 1179 en Cazorla para suprimir el homenaje de los reyes aragoneses a los castellanos.

El valle del Duero

     El valle del Duero era la zona más despoblada de la península, aunque no totalmente desierta. Esta zona satisface las necesidades de expansión para la población asturiana. Todas estas tierras fueron pobladas siguiendo una pauta similar, según el Derecho común romano. Se tenían en cuenta dos condiciones: todos estos territorios pertenecían al rey; y los baldíos pasaban a ser propiedad del primer cultivador que los roturase. Era el derecho de presura: el rey otorgaba después un documento acreditativo de la propiedad.
     La ocupación se realizó de tres formas principales: por cesión del rey a los nobles que le prestaban servicios militares, por repoblaciones eclesiásticas de pequeños monasterios, que fueron absorbiendo las pequeñas propiedades campesinas de su entorno, y por repoblaciones de pequeños agricultores que se acogerán al derecho de presura. Esta últimas lograron escapar a las propiedades nobiliarias gracias a su condición de aldeas y comunidades de campesinos libres, con entidad jurídica propia. Estas eran las aldeas de behetría que podían elegir a su señor. Las dos primeras modalidades fueron más comunes en la expansión galaico-leonesa, mientras que la tercera fue más propia del espacio castellano. En las aldeas de behetría, y en las pequeñas aldeas de la frontera, aparece la figura del caballero villano, un caballero que, no pudiendo pagarse el armamento y el caballo, pertenecía a una villa que le sufragaba los gastos y a la que defendía. Esta figura aparece en el fuero de Castrojeriz del 974.

Navarra y Aragón

     En Navarra y Aragón la repoblación fue un proceso más complicado, puesto que sus zonas de expansión, lejos de estar deshabitadas, eran uno de los países más densamente poblados de la península: el valle del Ebro. Sólo en los valles del Pirineo tuvieron el protagonismo de la repoblación los campesinos.
     El peso de la repoblación de la frontera lo llevó: la nobleza guerrera en el caso aragonés, y los grandes monasterios en el caso navarro; aunque estas concesiones de tierras a los nobles no eran permanentes, y teóricamente volvían a la corona a la muerte del titular. Pero lo cierto es que se hicieron hereditarias y formaron grandes patrimonios territoriales. También crearon grandes patrimonios los monasterios, como el de San Millán de la Cogolla. El territorio de expansión inicial era mucho menor que en el reino astur, pero también la densidad de población de estos reinos era menor.

Los condados catalanes

     Al igual que Navarra, la zona de expansión de los condados catalanes es el valle del Ebro. Pero, a diferencia de aquellos, el peso de la repoblación lo llevaron los pequeños agricultores, recurriendo al derecho de aprisio. Los espacios sobre los que se extendieron fueron las llanuras costeras del Penedés, el Vallés y el Ampurdán.
     A diferencia de las aldeas castellanas, las catalanas cayeron bajo el dominio de un señor feudal que ocupaba un castillo y que ejerció sobre ellas amplios poderes, hasta llegar a los malos usos. Este territorio, dominado por las castellanías, se conocerá como Cataluña la vieja, donde más intenso será el feudalismo. 

La expansión en los siglos XI al XIII

     Entre los siglos XI y XIII los reinos cristianos comienzan a expandirse hacia el sur. El califato de Córdoba se desmorona. En el 1002 muere Almanzor y en el 1031 se descompone el califato. Surgen, entonces, los reinos de taifas, que no tienen la fuerza suficiente para contener la expansión de los reinos cristianos. La suerte de la Reconquista es cambiante. Los cristianos son detenidos por los almorávides, pero vuelven a recuperar su impulso en la época de las segundas taifas. En el 1171 los almohades invaden al-Ándalus y unifican de nuevo el territorio: la Reconquista se detiene momentáneamente.
     En el año 1212 los reinos cristianos vencen a los almohades en las Navas de Tolosa. Es la primera vez que los reinos cristianos vencen a un imperio musulmán unificado. La Reconquista está consolidada y sólo quedará Granada como último reducto islámico en España.

La expansión castellana y leonesa

     En la expansión de Castilla y León se distinguen tres fases: la ocupación de los «Extrema Durii» en el siglo XI, la de la submeseta sur en el siglo XII, y la de Andalucía y Murcia en el siglo XIII, que no culminará hasta 1492 con la conquista del reino de Granada.
     La penetración al sur del Duero se había iniciado en el siglo X, tras la victoria de Simancas en el 939, pero no se había consolidado, y durante la época de Almanzor se habían perdido esos territorios. El avance se reanudará a mediados del siglo XI, tras la caída del califato, por Fernando I (1029-1065) rey de Castilla y de León. En el 1037 Castilla se convierte en reino, y luchará por la hegemonía en la península con León, aunque la mayor parte del tiempo son la misma corona. Los reinos de Castilla y de León son independientes entre los años, 1065 al 1072 y 1157 al 1230, año de la unión definitiva. El avance hacia el sur del reino castellanoleonés se caracteriza no sólo por la ocupación de tierras, sino por el cobro de parias a las taifas musulmanas. El sistema de parias se generaliza en toda la península, en este siglo. Logra que le paguen parias y le presten vasallaje los reyes de las taifas de Zaragoza, Toledo, Badajoz y Sevilla. Fernando I ocupará las plazas de Viseo, Lamego (1055) y Coimbra (1064). También ha de enfrentarse a los navarros (batalla de Atapuerca, en 1054). A su muerte, en el 1065, el reino se divide entre sus hijos: Castilla para Sancho II, con las parias de Zaragoza, León para Alfonso VI, con las parias de Toledo, Galicia para García, con las parias de Badajoz y Sevilla, y para Elvira y Urraca se conceden sendos señoríos: los infantazgos. Comienza una guerra civil entre ellos por controlar todos los reinos. De esta guerra sale vencedor en el 1072 Alfonso VI, que unifica de nuevo los reinos. El reinado de Alfonso VI es crucial en la expansión del reino castellanoleonés hacia el sur. En el 1085 conquista Toledo. Es la primera vez que se conquista una gran ciudad musulmana. Además, Toledo era la antigua capital visigoda. Tras su conquista, Alfonso VI se titulará Imperator Toletanus. Con la conquista de Toledo la frontera se establece en el Tajo. Pero los reinos de taifas piden ayuda a los almorávides que controlan el norte de África.
     La intervención de los almorávides detiene la Reconquista, al unificarse otra vez al-Ándalus y derrotar a los castellanos repetidamente. Alfonso VI concedería fueros a Burgos en el 1073, Sepúlveda en el 1076, Logroño en el 1095 y restauraría las sedes episcopales de Ávila en el 1087 y Salamanca en el 1102, en virtud de su condición de emperador. Pero, además, hizo efectiva la repoblación del espacio entre el Duero y el Sistema Central. La repoblación en esta zona suele ser denominada concejil. Se trata de una repoblación dirigida, planificada, en el que se daba fuero a un concejo y se le asignaba un alfoz. El territorio se denominaba comunidad de villa y tierra, con un núcleo central administrativo y defensivo. La administración será compartida por todos los habitantes del concejo. Este modelo de administración concejil del ayuntamiento será el que se mantenga durante toda la Edad Moderna y el que se exporte a América. Además, habrá un modelo de fuero, el de Sepúlveda, que se extienda por toda Castilla.
     El espacio entre el Duero y el Sistema Central se organiza como una sociedad de frontera, dedicada a la ganadería extensiva, ya que las personas podían huir con los animales en caso de peligro. Este tipo de economía comienza a desarrollar la trashumancia. También aparecen los caballeros villanos.
     El valle del Tajo y la submeseta sur, se conquistan en el siglo XII, y ofrecen condiciones totalmente distintas al valle del Duero. Su poblamiento es más denso. Los habitantes son musulmanes, y la vida urbana es mucho más activa que en los reinos cristianos. El punto de partida de la repoblación de este país fue la conquista de Toledo, en el 1085. A pesar de la invasión almorávide, la Reconquista no da marcha atrás. El modelo de repoblación más difundido en el valle del Tajo es el concejil, pero sobre ciudades y pueblos musulmanes, y con un alfoz más amplio. El fuero que recibieron fue el que tradicionalmente se le daba a las poblaciones leonesas. En las zonas más expuestas, La Mancha y Extremadura, la repoblación corre a cargo de los nobles y las grandes órdenes religiosas. Sobre todo van a recibir tierras la diócesis de Toledo y las órdenes militares. De esta forma se crean los grandes señoríos territoriales. Sin embargo, en estos señoríos las ventajas para los habitantes avasallados son mayores que en otras partes, ya que deben recibir privilegios para decidirse a abandonar sus tierras y poblar otras.
     La paulatina descomposición del Imperio almorávide posibilitó la reanudación de la Reconquista. Entre 1144 y 1157 aparecen las segundas taifas. Alfonso VII toma Oreja en 1139, Coria en 1143, Calatrava en 1146, con lo que se consolidó la repoblación del valle del Tajo.
     En el año 1147 los almohades comienzan a establecerse en algunas taifas y en 1157 luchan contra los cristianos en la península con eficacia. Las taifas andalusíes prestan vasallaje a los almohades. En 1157 se separan los reinos de Castilla y León, tras la muerte de Alfonso VII.
     Portugal nace de la dote que Alfonso VI concede a su hija Teresa, con motivo de su boda con Enrique de Lorena. El condado, desde muy pronto, mostró sus tendencias secesionistas. Tras la muerte de Alfonso VI, Alfonso I Enríquez logra la emancipación del condado en 1139, proclamándose rey de Portugal. Los enfrentamientos con León y con Castilla son constantes. En 1143 se firma la paz de Zamora entre Alfonso VII y Alfonso I Enríquez, en la que el rey castellano reconoce la independencia de Portugal, pero prestando vasallaje a Alfonso VII. En 1142 Alfonso I Enríquez se avasalla con la Santa Sede, con lo que hace efectiva su independencia. Alfonso I Enríquez conquistará Lisboa y Santarem en 1147, en los años 1160 el Alentejo, en 1212 Alfonso II de Portugal participa en las Navas de Tolosa, y en 1249 Alfonso III conquistó el Algarve y Faro. Es la España de los cinco reinos: Portugal, Castilla, León, Navarra y la Corona de Aragón, que tendrá vigencia hasta el 1230, año de la unificación definitiva de Castilla y León. En 1151 las coronas de Castilla y Aragón se reparten las zonas de expansión, en Tudillén. Este tratado se modificará en 1179 en Cazorla para suprimir el homenaje de los reyes aragoneses a los castellanos. Con este tratado Navarra pierde sus oportunidades de expansión hacia el sur y pondrá sus esfuerzos en el norte, hasta conseguir regir el reino de Francia.
     La invasión almohade se produce en el año 1170, al mando de Abú Yaqub Yusuf I, y detiene otra vez el progreso de la Reconquista. En 1177 Alfonso VIII, con la ayuda de Alfonso II de Aragón, toma Cuenca, pero las conquistas cristianas son pocas. En 1195 Alfonso IX de León pacta la paz con los almohades. Las disensiones se muestran entre los reinos cristianos, por las fronteras. En 1212 el arzobispo de Toledo logró del papa Inocencio III la proclamación de Cruzada para la lucha contra los almohades. Todos los reinos cristianos de la península, y tropas francesas, se unen para luchar contra ellos. Toman Malagón, Calatrava y Alarcos. Ese mismo año tiene lugar la batalla de las Navas de Tolosa, que es la puerta de entrada al valle del Guadalquivir. La derrota de las Navas de Tolosa supone el fin del Imperio almohade y del tercer periodo de taifas. Sólo se consolida la taifa de Granada. 
     En el siglo XIII se conquistará el valle del Guadalquivir, Extremadura y Murcia. La victoria de 1212 en las Navas de Tolosa modificó definitivamente el equilibrio militar entre musulmanes y cristianos, abriendo para estos el valle del Guadalquivir. Se inicia, así, una rápida reconquista por parte de Castilla. Pero la ofensiva militar comenzó con Fernando III el Santo (1217-1252) tras la unión definitiva de Castilla y León en 1230. En 1236 se ocupa Córdoba, en 1246 Jaén y en 1248 Sevilla. A Fernando III le sucede Alfonso X el Sabio que finaliza la conquista del valle de Guadalquivir conquistando en 1262 Cádiz y Niebla. Alfonso X el Sabio puso en marcha un plan de colonización del valle del Guadalquivir, en el que tenían protagonismo las órdenes militares (Santiago, Calatrava, Medina Sidonia, etc.), ante la  resistencia del reino de Granada, y en el que también se potencian los concejos, tratando de expulsar a la población musulmana. También recibió grandes extensiones la diócesis de Toledo. Alfonso X el Sabio creó la Escuela de traductores en Toledo que era el centro cultural más importante de la cristiandad. Promulgó un código jurídico, las Partidas, a raíz de la cual se amurallan las ciudades.
     En 1243 el monarca murciano Ibn Hud se declaró vasallo de Fernando III, con lo que este territorio entró a formar parte de la Corona de Castilla. Los musulmanes de esta taifa fueron mejor tratados, hasta que tras la rebelión de 1244 fueron expulsados. La llegada de los colonizadores castellanos produjo resistencias entre la población mudéjar. Forzó un primer repartimiento en 1257. En 1264 se produjo la primera rebelión mudéjar, pero no la última. Las rebeliones fueron frecuentes hasta la expulsión de los moriscos en 1609.

La expansión de la Corona de Aragón

     A comienzos de siglo XI Navarra y Aragón permanecen unidos en manos de Sancho III Garcés el Mayor (1000-1035). Sancho III logró extender su reino a costa del reino moro de Zaragoza, e incorporó las tierras de Sobrarbe y Ribagorza, es la época de la caída del califato de Córdoba. Almanzor ataca toda la zona en sus razias, como hará con todos los reinos cristianos. A la muerte de Sancho III Garcés el Mayor se divide el reino entre sus hijos. Navarra para García Sánchez IV, Aragón para Ramiro I, Sobrarbe para Gonzalo y Castilla para Fernando I. Con Ramiro I el reino de Aragón comienza su andadura como territorio independiente, en el 1035. Para conservar su independencia Sancho Ramírez V se enfeudará con el papado en el 1068. El avance territorial de los primeros reyes aragoneses es escaso. La Reconquista comienza con Sancho I y Pedro I que conquistan el valle del Cinca. En el 1094 ocupan Huesca, pero el avance más importante lo hizo Alfonso I el Batallador que en 1118 toma Zaragoza y en 1120 Calatayud y Daroca. Pero también intenta unificar sus territorios, y en 1123 sitia Lérida, ya bajo el gobierno del conde de Barcelona Ramón Berenguer III. Mantuvo sus posesiones en Castilla hasta que fueron conquistadas por Alfonso VII de Castilla en 1127. A Alfonso I el Batallador le sucede en 1134 Ramiro II en Aragón, y García V Ramírez en Navarra, que inicia su historia independiente. Ramiro II hubo de sofocar las rebeliones nobiliarias, que darían lugar al episodio de la campana de Huesca, en 1135. A Ramiro II le sucede en el trono su hija Petronila. En 1137 Petronila se casará con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, que se convertirá en gobernador de Aragón. Su hijo, Alfonso II se convierte en rey de Aragón y Cataluña formando la Corona de Aragón.


Los condados catalanes se convirtieron a partir del siglo X en la senda casi obligatoria que unía al-Ándalus con el resto de Europa. Por ellos pasaban las monedas y el potente comercio de esclavos, llevados al sur a través del mercado de Barcelona.

El deseo de los condes de independizarse de la monarquía franca hizo que se practicase una política zigzagueante de equilibrio entre la Córdoba islámica y el papado, a la vez que siempre se mantuvieron abiertas, aunque distantes, las relaciones con la monarquía francesa.

El camino hacia la independencia "de facto" fue largo y especialmente difícil en la segunda mitad del siglo X, cuando el califato alcanzó su máximo esplendor y Almanzor saqueó Barcelona (985).

Solo la debilidad de los últimos representantes de la dinastía carolingia y las preocupaciones prioritarias del nuevo monarca Hugo Capeto (987-996) permitieron ir debilitando cada vez más los lazos con Francia y alcanzar, durante el gobierno del conde Borrell (m. 992), una independencia de hecho por omisión.
Feudalización de la sociedad

El siglo XI fue una época de crecimiento económico, pero también unperíodo de inseguridad y violencia que concentró el poder en manos de una minoría privilegiada. En estas circunstancias la nobleza trató de sustraerse a la autoridad de los condes y crear territorios independientes.

El caso más representativo fue la rebelión de Mir Geribert, que llegó a enfrentarse al propio conde de Barcelona Ramón Berenguer I(1035-1076), proclamándose príncipe de Olérdola.

La rebelión fue finalmente dominada (1057), pero la tónica general en los condados fue la de pactar y a veces transigir con los señores feudales. Se había formado una tupida red de intereses y dependencias personales mediante pactos de fidelidad, en la cúspide de la cual se encontraba el conde de Barcelona, que se convirtió en el primero de los señores,princeps, de donde proviene el nombre de principado de Cataluña.

El abad Oliba contribuyó eficazmente a impulsar la Paz y la Tregua de Dios para controlar la violencia feudal. La base jurídica visigoda, más elementos jurídicos germánicos y la acción de la Iglesia, formó lentamente un cuerpo de leyes feudales que, denominadas Usatges, constituyeron una de las fuentes del Derecho catalán.

Integración en el mundo hispánico

La plenitud del poder condal se alcanza con Ramón Berenguer III (1097-1131).

 Uno de los hechos más importantes fue la expedición a Mallorca en colaboración con los pisanos (1114).

Una crónica de la época refleja la importancia del conde, al que denomina Catalanicus heros, Rector catalanicus y Dux Catalanensis, siendo la primera noticia en que aparece el nombre de catalanes para denominar a los habitantes de la antigua Marca Hispánica, mientras que los del sur de Francia son denominados todavía godos en el mismo texto.

El matrimonio del conde con Dulce de Provenza, heredera de los condados de Provenza, Millau, Gavaldá y Carlat, supuso un gran impulso a la política ultrapirenaica. El sueño de unos dominios feudales occitanos se truncó tras la derrota de Muret (1213), donde su bisnieto Pedro el Católico murió luchando contra los cruzados de Simón de Montfort.

Ramón Berenguer III realizó una aproximación a Castilla, pues casó a su hija, Berenguela, con el joven rey de Castilla y León Alfonso VII.

De condes a reyes de Aragón

Los esponsales de Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón (1137) cambian el estatus y la nueva orientación de los condes de Barcelona. Era una unión personal, pero desde el mismo momento de los esponsales, los condados catalanes y el reino de Aragón entraron en una nueva dinámica.

A partir de entonces los intereses señoriales, económicos y culturales serán, como siempre, múltiples y a veces enfrentados, pero la Corona será una y el soberano, el titular supremo de toda legitimidad: había nacido lo que denominamos Corona de Aragón, pero que en realidad eran los territorios patrimonio del conde de Barcelona y ahora también rey de Aragón, siendo su primer soberano con plenos derechos Alfonso II el Casto, como rey de Aragón y I conde de Barcelona.

Hacia la monarquía unificada

La política matrimonial de la casa real de Aragón y condal de Barcelona muestra los intereses de ambas dinastías por llegar a acuerdos para la conquista de las tierras musulmanas y delimitar las zonas de expansión respectivas. La firma de tratados en los siglos siguientes es un hecho normal (ver recuadro inferior).

El final de la casa de Barcelona a la muerte de Martín I el Humano sin descendencia legítima directa (1410) abre un interregno de dos años que finaliza con la sentencia arbitral de Caspe, que supuso la entronización en la Corona y, por ende, en Cataluña de la dinastía Trastámara.

Es un hecho todavía en la actualidad controvertido y discutido con pasión. Pero el verdadero misterio es el voto del representante de Cataluña, que fue favorable a Fernando de Antequera. Los intereses comerciales se habían impuesto a las nostalgias dinásticas, y fue rey el que contó con más medios.

Finalmente, la unión dinástica que supuso el matrimonio de Fernando II de Aragón y de Isabel I de Castilla no cambió para nada la independencia de los territorios que formaban la nueva Monarquía Hispánica.

Para Cataluña, como demostró J. Vicens Vives, y muy especialmente para Barcelona, supuso una recuperación y una limpieza de la corrupción, tras el negro período de guerra civil en época de Juan II de Aragón y la guerra de los campesinos remensas.
La historia pasada tiende a magnificarse y a idealizase, pero las guerras de bandos e intereses fue la constante tanto en el principado de Cataluña como en los otros reinos y territorios hispánicos y europeos. Todo ello en medio de crisis cíclicas que produjeron un gran desasosiego y temor entre la población.
SALVADOR CLARAMUNT: La forja de la identidad en la Edad Media, La aventura de la Historia

     A comienzos del siglo XI los condados catalanes son una potencia peninsular independiente y consolidada. Después de la aceifa contra Barcelona de Almanzor, en el 985, el conde Borrell II solicitó una tregua a Córdoba, pero esta no dura más que hasta el año 1000, cuando los catalanes comienzan su reconquista y repoblación. El progresivo desmembramiento del Califato favorece las intenciones de los condes de Barcelona. En el 1003 Abd al-Malik ataca Barcelona, y Ramón Borrell I pide la paz. En el 1010 comienzan las razias catalanas por al-Ándalus. Ese año, el conde de Barcelona, Ramón Borrell III, apoya a Mohamed II como nuevo califa, pero es restaurado Hisam II. En el año 1015 Ramón Borrell III ataca las fronteras del Ebro y ocupa las tierras hasta el río Gaya. En el 1018 muere Ramón Borrell III y le sucede su hijo, menor de edad, Berenguer Ramón I. El condado entra en crisis y se independizan de Barcelona Gerona y Vich. Aunque Berenguer Ramón I restaura el condado. El dominio del condado de Barcelona sobre este país es evidente a partir de Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076). Comienza a utilizarse el topónimo Cataluña para referirse a él. Ramón Berenguer I el Viejo impone parias a las taifas limítrofes, como Zaragoza y Lérida, en el año 1038. En el 1052 la unidad de Cataluña permitiría comenzar la Reconquista. Sin embargo, las luchas internas por la sucesión lo impidieron. Será Ramón Berenguer III el Grande (1097-1131) el que amplíe el territorio tanto al sur, como al oeste y el norte. En 1131 es conde de Barcelona Ramón Berenguer IV,  y en 1137 se casa con Petronila, reina de Aragón y se convierte en gobernador de Aragón. Cataluña se transforma en principado. Su hijo, Alfonso II de Aragón, será, en 1162, rey de Aragón y conde de Barcelona, títulos que llevarán en lo sucesivo todos los reyes, creando así la Corona de Aragón.

    La Corona de Aragón no sólo se expande hacia el sur, sino que también lo hace hacia el norte y por el Mediterráneo. Tiene bajo vasallaje a todo el Midi francés, el Rosellón, la Provenza, Foix y hasta el 
Langueloc. El dominio de Aragón sobre este país no terminaría hasta la muerte de Pedro II, en 1213. La expansión hacia el Mediterráneo comenzó pronto. En 1149 Ramón Berenguer IV había ocupado Tortosa y Lérida, pero las disputas con Aragón por la expansión por el este le impulsaron a extender sus dominios hacia el sur y el Mediterráneo. Alfonso II conquista Teruel y Albarracín, en 1170 y 1172 respectivamente. El Tratado de Tudillén, en 1151, había limitado sus posibilidades de expansión hacia el sur. Pedro II el Católico (1196-1213) consolidará su territorio, pero no será hasta Jaime I el Conquistador (1213-1276) cuando Aragón tenga su mayor impulso batallador. Entre 1229 y 1235 se conquistan las Baleares y en 1238 Valencia, con lo que prácticamente terminaría su expansión en la península. Ambos reinos se convertirían en centros comerciales claves para la talasocracia que estableció la corona. Pedro III el Grande (1276-1285) conquistará Sicilia en 1282. La expansión por el Mediterráneo continuaría durante todo el siglo XIV.
   
  La repoblación del valle del Ebro por parte de Cataluña y Aragón tienen rasgos distintos con la castellana, ya que este era un territorio muy poblado; y los naturales eran musulmanes. Todas las ciudades conquistadas tuvieron actas de capitulación en las que se establecía que la población musulmana debía abandonar su recinto amurallado en un plazo de tiempo, aunque conservaban sus propiedades, sus costumbres y su legislación. La mayor diferencia era que el señor feudal pasaba de ser un musulmán a ser un cristiano. La zona conquistada tras la formación de la Corona de Aragón se conocerá como Cataluña la nueva, en donde no se impondrán los malos usos como en Cataluña la vieja, debido a los fueros favorables que se concedían.

Navarra

     Navarra quedará fuera de la expansión hacia el sur después del Tratado de Tudillén en 1151, entre Aragón y Castilla. Navarra intentará su expansión hacia el norte, emparentando con los Borbones. A la muerte de Sancho III Garcés de Navarra se divide el reino entre sus hijos. Navarra para García Sánchez IV, Aragón para Ramiro I, Sobrarbe para Gonzalo y Castilla para Fernando I. El reino de Navarra comienza su andadura independiente.

     Navarra será plenamente independiente desde el 1035 hasta el 1076 en que Sancho V, rey de Aragón, se hace con la corona. Esta unión se mantendrá hasta 1134, en que García V Ramírez el Restaurador recupere la independencia para el reino. En él se incluyen los territorios de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Sancho VI el Sabio (1150-1194) perdió Álava, Guipúzcoa y Logroño ante Alfonso VIII de Castilla. Sin embargo, las fronteras definitivas del reino no se establecieron hasta el reinado de Sancho VII el Fuerte (1194-1234). Navarra quedó como un reino residual entre dos grandes potencias: Castilla y Aragón.
     Desde 1234 hasta 1274 reina en Navarra la casa de Champaña, con lo que la monarquía navarra entra en el ámbito francés. En 1285 Felipe I será rey de Francia. La casa de Navarra reinará en Francia hasta 1328.

Castillo de Santa Catalina. Jaén


LA REPOBLACIÓN 

Se denomina así al proceso histórico por el que los reinos cristianos de l norte peninsular ocuparon, reestructuraron, e incluso "repoblaron" literal - mente en algunos casos, los territorios adquiridos en su lucha contra los arábigo-musulmanes durante la Edad Media .

VALLE SEPTENTRIONAL DEL DUERO Y PLANA DE VIC (S. VIII- S.XI) :

En esas zonas e l proceso repoblador se basó en la ocupación de tierras supuestamente despobladas (desierto del Duero mediante la denominada ;presura;aprissio. En unos casos individual, con asentamientos familiares de campesinos libres en pequeñas extensiones ; en otros casos ;señorial;, con ocupación de mayores espacios (señoríos laicos, monasterios,..). El predominio señorial fue especialmente notable en la mitad oriental del reino leonés (Galicia, León), mientras que el campesinado libre fue numeroso en la peligrosa frontera oriental (Castilla). En cualquier caso, las tendencias a la señorialización-feudalización (behetrías, encomendaciones) fueron particularmente rápidas e intensas en Cataluña, dada su especial vinculación con el reino franco. El poblamiento adoptó un carácter casi exclusivamente rural, con predominio de aldeas y villas de muy reducido tamaño .

II)  ZONAS ENTRE DUERO Y TAJO (EXTREMADURAS Y TRASIERRA) Y DEL VALLE DEL EBRO (S. XI- S. XIII) .

- En el caso castellano la repoblación de estas zonas se desarrolló básicamente a partir de la conquista de Toledo. El creciente desarrollo socioeconómico y el progresivo afianzamiento de la monarquía, junto con el ejemplo de la naciente red urbana del norte (Camino de Santiago) , y quizás la propia ecología , llevaron a una repoblación organizada en torno a municipios o concejos de cierto tamaño en la zona de las Extremaduras (entre el Duero y el Sistema Central) (Salamanca, Ávila, Arévalo, Segovia, Sepúl - veda. Soria,..). A estos concejos se les concedían fueros o privilegios que los dotaban de amplia auto - nomía y en ellos los caballeros villanos tuvieron gran importancia, dando un notable aire igualitario . En la zona sur, entre el S. Central y el Tajo (la Trasierra), menos despoblada, se produjo un resultado similar sobre la red urbana preexistente (Madrid, Guadalajara, Talavera, Toledo,..), con ciudades en las que en un principio se convivió con importantes grupos de población "nativa" (mudéjares, judíos, mozárabes) lo que fue aún más notable en el caso aragonés (Valle del Ebro, repoblado a partir de la toma de Zaragoza)

 III) LOS CURSOS ALTOS DE GUADIANA, TURIA Y JÚCAR :

En esta zona se había dado un prolongado enfrentamiento desde la llegada de los almorávides hasta la batalla de las Navas (en Castilla es la zona entre el Tajo y Sierra Morena) por lo que los primeros intentos de repoblación sólo cuajaron tras ésta. En este caso las necesidades militares llevaron a la creación de las llamadas órdenes militares , que establecieron poderosas fortalezas en La Mancha, Extremadura y El Maestrazgo (Aragón) (órdenes de Calatrava, Alcántara, Santiago y Montesa) . Estas órdenes tuvieron un papel decisivo en una repoblación en que se les concedieron enormes extensiones de tierra , en relación con el cada vez más amplio desarrollo de la caballería acorazada.

IV) EL VALLE DEL GUADALQUIVIR, MURCIA Y VALENCIA-BALEARES :

 Como ya se indicó más arriba, la reconquista de estas zonas se produjo en apenas 30 años, y especialmente en el caso castellano se incorporó una enorme extensión de tierras, al poco además de la consolidación de la zona entre el Tajo y Sierra Morena. Ello hizo que la repoblación fuese difícil y se optase por intentar la permanencia de la población musulmana, lo que sin embargo no cuajó en el caso castellano (revuelta mudéjar de los años 1260). En consecuencia tras unos repartimientos iniciales relativamente igualitarios, en Andalucía, Extremadura y Murcia surgieron enormes latifundios en manos de la nobleza , las órdenes militares y la Iglesia (p. ej. arzobispado de Toledo). Tuvieron también gran influencia en ello los problemas económicos, sociales y demográficos que se dieron a partir del reinado de Alfonso X. En el caso de la Corona de Aragón , la mayor estabilidad de la población mudéjar, permitió una repoblación más paulatina y los repartimientos iniciales mantuvieron más tiempo su carácter relativamente "igualitario".


GRANDES BATALLAS

LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

16 de julio de 1212 y,, hacía un calor infernal al pie de Sierra Morena cuando la España cristiana propinó un duro golpe a los musulmanes en  la batalla de las Navas de Tolosa. decisiva en la Historia de España.

Castellanos, aragoneses y navarros dejaron atrás sus peleas territoriales y sus disputas de linaje para unirse frente a las tropas de la Media Luna que capitaneaba Muhammad An-Nasir, más conocido por los cristianos como Miramamolín. El califa almohade había reunido un poderoso ejército, se cree que de hasta 200.000 hombres, con la intención de barrer de la península a los reinos cristianos y completar así la obra que su padre inició años atrás en la batalla de Alarcos.

A Alfonso VIII de Castilla aún le dolía esa derrota sufrida veinte años atrás (1195) y ante la caída del castillo de Salvatierra, que suponía la amenaza musulmana sobre Toledo, solicitó la ayuda del Papa Inocencio III, que llamó a la cruzada contra los musulmanes, y logró que Pedro II de Aragón y Sancho VII El Fuerte de Navarra le secundaran en su ofensiva. Faltó el rey de León Alfonso IX, pero sí acudieron sus caballeros.

El 14 y 15 de julio de 1212 ya estaban dispuestos en el campo de batalla más de 100.000 musulmanes dirigidos por el califa y unos 70.000 cristianos, entre castellanos, aragoneses, navarros, portugueses, cruzados franceses, además de maestros del Temple y de San Juan. Se estima que murieron unos 20.000 árabes y 12.000 cristianos. Fue una de las batallas más sangrientas y más trascendentes de la Edad Media. «No se la cita como una de las grandes batallas de la historia del mundo y seguramente ellos no fueron conscientes que habían destrozado al Islam, pero realmente fue el principio de su fin»


El ejército cristiano se había ido reuniendo durante el verano de 1212 y avanzó hacia el sur al encuentro de las huestes almohades, que les doblaban en número. 
Cuenta la tradición que un pastor guió a los cristianos en su paso por Despeñaperros para así poder atacar a los moros por la espalda. Llegó a las Navas, a cuatro kilómetros de lo que hoy es Santa Elena, el viernes 13 de julio y después de dos días de escaramuzas, los cristianos decidieron atacar. El vizcaíno don Diego López II de Haro capitaneó la primera carga de las tropas cristianas. Los musulmanes intentaron repetir la estrategia que tan buenos resultados les había dado en Alarcos, simulando una retirada para contraatacar con sus mejores soldados después. Los cristianos se lo esperaban y la segunda línea de combate estaba preparada, pero no era suficiente para hacer frente al ejército almohade.
En ese decisivo momento, los tres reyes cristianos al frente de sus hombres se lanzan a la batalla en una carga que resultó imparable. El rey Sancho VII de Navarra, con los doscientos caballeros navarros se dirigieron directamente hacia la tienda roja de Al-Nasir, que guardaban los imesebelen, la Guardia Negra procedente de Senegal, que se enterraban en el suelo y se anclaban con grandes cadenas, para luchar o morir. 
Según la tradición, Sancho VII el Fuerte rompió las cadenas, que se incorporarían después al escudo de Navarra junto a la esmeralda del turbante del califa, que logró huir a Jaén. Miramamolín moriría un año después de la derrota.

Cuentan que tras la batalla, en la tarde del 16 de julio de hace hoy ocho siglos, Alfonso VIII recorrió junto al Arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, el terrible escenario de la carnicería. 
De este botín se conserva el pendón de Las Navas en el Monasterio de Las Huelgas en Burgos, considerado el mejor tapiz almohade en España. En la iglesia de San Miguel Arcángel de Vilches se conserva la Cruz de Arzobispo de don Rodrigo, una bandera, una lanza de los soldados que custodiaban a Miramamolín y la casulla con la que el arzobispo ofició misa el mismo día de la batalla de las Navas de Tolosa.
 
Los prisioneros árabes fueron llevados a construir la fortaleza de Calatrava la Nueva.
Tras la victoria en las Navas, Alfonso VIII conquistó después Navas, Vilches y Baño, Baeza y Úbeda... El empuje cristiano fue ya imparable.

Tal fue la derrota de 1212, que el imperio almohade no pudo en los años siguientes defenderse de los benimerines, unas tribus bereberes que, como buscaban desde hacía años, acabaron con ellos y tomaron el control del norte de África. Sin embargo, parece que esta parcela de territorio pronto se hizo pequeña para sus nuevos conquistadores, ya que, a finales de siglo, declararon la guerra santa a los cristianos y pusieron los ojos sobre su siguiente objetivo… la Península Ibérica.

 Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra «Grandes batallas de España».


LA BATALLA DEL RIO SALADO, 1340


Con espada, lanza, escudo, y un deseo ciego de detener el avance enemigo a través de la Península Ibérica. Así combatieron en 1340 los casi 22.000 soldados del ejército castellano que –con ayuda portuguesa- lograron derrotar en las gaditanas orillas del rio Salado a un ejército musulmán tres veces superior en número. Aquella jornada, además, los cristianos no sólo lograron alzarse con una victoria que parecía imposible, sino que también aplastaron el que, a la postre, sería el último intento africano de reclamar para sí las tierras de los diferentes reinos españoles.

La Península Ibérica atravesaba entonces tiempos duros en los que dos culturas se disputaban su soberanía a base de mandobles y sangre. Así, por un lado se encontraban los musulmanes –que habían tomado la mayoría del territorio hispánico con sus ejércitos y estaban asentados en él desde hacía cinco siglos-; y por otro empezaban a cobrar fuerza los reinos cristianos –los cuales, desde el año 722, se habían propuesto retomar la totalidad de la entonces primitiva España desde el norte-. Se vivía, en definitiva, el periodo de la Reconquista.

El paso de los siglos trajo consigo la expansión de los cristianos, que, batalla tras batalla, avanzaron a través de la estepa castellana ganando terreno a los musulmanes. Sin embargo, hubo que esperar nada menos que hasta 1212 para que la Reconquista llegara a su punto álgido en una batalla que marcó la decadencia del imperio almohade (la dinastía marroquí que dominaba el norte de África y el sur de España).

«Tras la decisiva victoria de las Navas de Tolosa en 1.212 los almohades perdieron el control sobre el sur de la Península y se replegaron al norte de África, dejando tras de sí un conjunto de desorganizadas taifas que fueron conquistadas por los reinos cristianos entre 1.230 y 1.264 (…). Tan sólo el reino nazarí de Granada logró mantenerse independiente (…). Por aquel entonces, Granada comprendía las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, más el istmo y peñón de Gibraltar», 

 Con una Reconquista que finalizar, los reinos cristianos tuvieron que hacer frente a estos nuevos y numerosos enemigos a partir del año 1300. La situación terminó de recrudecerse cuando, en 1339, Abu-I-Hasan –el rey benimerín-, arrebató con su flota las aguas del estrecho de Gibraltar a Castilla. Esta derrota supuso un severo golpe para los cristianos, pues permitió a los musulmanes desembarcar en el sur de la Península y, a su vez, enviar a tierras españolas todos los refuerzos que desearon sin ninguna oposición.

Lejos de detenerse, los benimerines aumentaron su poder aliándose con el reino nazarí de Granada y, a mediados de septiembre, iniciaron la marcha hacia la ciudad cristiana de Tarifa, la cual sitiaron. 

La lucha musulmana contra el infiel llamaba de nuevo a la puerta de los reinos cristianos (encabezados por Castilla y Aragón). Por ello, y ante lo desesperado de la situación, el rey castellano Alfonso XI decidió poner fin a la situación haciendo uso de la táctica que mejor conocía: la guerra.

«Digno competidor iba a encontrar (el rey benimerín) en el joven y fogoso Alfonso XI (…) Guerrero nato, se decía de él que ni un solo día podía vivir sin guerra y que cuando no la tenía con los hombres la buscaba con las grandes alimañas de las sierras y las breñas o tomaba parte muchas veces sin darse a conocer en las justas y torneos»,

Sin dudarlo, Alfonso XI ordenó preparar a sus soldados para encontrarse con el ejército musulmán que asediaba Tarifa, el cual había recibido también tropas de refuerzo de Yusuf I, rey nazarí de Granada. No obstante, y ante la descomunal fuerza enemiga, el castellano solicitó ayuda a su suegro, el rey Alfonso IV de Portugal. Con todo, el tiempo jugaba en contra de los cristiano, ya que, con cada jornada de retraso en la organización, se corría el riesgo de que las máquinas de asedio enemigas acabaran con las murallas de la ciudad gaditana.
Por ello, el ejército cristiano forzó la marcha hasta que, casi extenuado, llegó a finales de octubre de 1340 las orillas del río Salado –un pequeño arroyo de unos siete kilómetros de longitud ubicado cerca de la ciudad de Tarifa-. Una vez allí, la vista del contingente musulmán encogió por breves momentos el corazón de los soldados. Y es que, a las puertas de la urbe, se agolpaban nada menos que entre 60.000 y 80.000 enemigos, un ejército formado en su mayoría por lanceros a pie, ballesteros y los temidos jinetes ligeros mahometanos –de gran versatilidad en el combate-.
Mientras, la potencia del contingente aliado se hallaba principalmente en su experimentada caballería pesada. «El ejército castellano se componía, según la “Crónica de Alfonso XI” (…) de ocho mil jinetes y doce mil infantes, y que el rey de Portugal no llegó más que con mil caballeros (…). Los defensores de Tarifa no podían ser mucho más de otro millar, dado el reducido perímetro de la plaza (…). Parece, por lo tanto, muy razonable calcular que el total de los soldados de los dos Alfonsos no pasaría de 22.000»,

Se inician los preparativos

Frente a frente, y solo con el río Salado entre ellos, los mandos de ambos ejércitos empezaron a situar sus tropas sobre el improvisado tablero en el que se había convertido la tierra de Tarifa. Así, los musulmanes decidieron quemar sus máquinas de asedio para evitar que fueran capturadas y, tras dividir sus tropas en dos campamentos, se posicionaron para plantar cara a las fuerzas combinadas. Por su parte, Alfonso XI sorprendió a sus enemigos al lograr que 5.000 de sus hombres (4.000 infantes y 1.000 jinetes) rompieran de improviso el cerco que había alrededor de la ciudad y entraran en Tarifa para reforzar a sus extenuados defensores.
En la mañana del 30 de octubre, después de confesarse, los cristianos formaron en la que podía ser su última batalla antes de pasar al otro mundo. A su favor tenían la fuerza de la caballería y la fe, pues esta campaña había sido calificada de cruzada por el Papado. Las órdenes estaban claras: los castellanos combatirían contra los benimerines mientras que los portugueses harían frente a las tropas de Yusuf. Para ello, el rey luso recibió el apoyo de 3.000 jinetes hispanos.
«Los cristianos formaron su línea de batalla, como era habitual, con una vanguardia de caballería pesada castellana y de órdenes militares, seguida de un cuerpo principal de infantería. A ambos flancos estaban dos unidades de caballería (…) y en el flanco izquierdo, la caballería pesada portuguesa. El ejército musulmán formó con una sólida falange de infantería, detrás de la cual se situó la caballería magrebí, dividida en cinco grandes unidades. Por detrás se colocó una gran masa de infantería. En el flanco derecho formó la caballería nazarí, al mando de Yusuf I» determinan los autores españoles en su obra.

Una conclusión increíble

Después de que el sol se alzara lo suficiente como para que no molestase la visión de los cristianos, el contingente aliado se dispuso a atravesar el río Salado y enfrentarse, de una vez por todas, al enemigo. La vanguardia castellana fue la primera en atacar. «Llegando al río tomaron un estrecho puente, que defendían dos mil quinientos caballos musulmanes, y siendo ellos ochocientos les hicieron ceder el campo», afirma Miranda en su obra.
Sin embargo, en lugar de asegurar el puente, la caballería pesada formó una extensa línea y se abalanzó, con sus armas en ristre y preparadas para devastar las líneas enemigas, contra la infantería musulmana. El choque fue terrible para los mahometanos, que, ante la intensidad de la carga de los jinetes pesados rompieron bruscamente la formación. No obstante, la contienda no había hecho más que empezar.
Ante la desbandada de los hombres a pie, a la caballería benimerín no le quedó más remedio que cargar contra los jinetes pesados castellanos en lugar de llevar a cabo su táctica predilecta: la de asaltar y atacar constantemente al enemigo disminuyendo así el peligro de sufrir bajas. Al parecer, este fue uno de los primeros errores musulmanes, pues se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo a la que, en pocos minutos, llegaron también varios grupos de infantería aliada e, incluso, más soldados a caballo.

Mientras, en el flanco izquierdo, los jinetes portugueses trabaron combate con los nazarís, a los cuales hicieron huir gracias al apoyo de los caballeros castellanos. Según parecía, y a pesar de la superioridad numérica musulmana, la batalla iba a terminar con una victoria aplastante de los cristianos. Con todo, los aliados sabían que todavía tenían que hacer frente a la potente retaguardia de infantes enemigos en un último y cruento combate.
Pero, cuando este contingente iba a unirse a la refriega, un milagro se sucedió para los aliados pues, de improviso, los defensores de Tarifa salieron de la ciudad decididos a asaltar la retaguardia musulmana. Atrapados entre dos fuerzas, los mahometanos supieron al instante que la contienda era imposible de ganar, por lo que iniciaron una retirada caótica que acabó con muchos de ellos ahogados en la playa. Finalmente, y ante la huida masiva, los castellanos y lusos destrozaron los campamentos enemigos, donde hallaron inmensos tesoros. De forma cas increíble, se había logrado vencer. 

 Ambrosio Huici Miranda , «Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas»., para ABC:ES, 27-10-2013



LA ESPAÑA DE LAS TRES CULTURAS

La cultura de la España medieval cristiana presentó entre los siglos X y XV las siguientes características: --- Una extraordinaria importancia de la Iglesia católica como monopolizadora del saber , lo que empleó para legitimar y sacralizar la estructura feudal, de la que era uno de los grupos privilegiados. Todo el universo estaría ordenado en función de Dios (teocentrismo), que lo habría organizado providencialmente, colocando a cada persona en un estamento social concreto. Hasta los siglos XII y XIII los monasterios serían prácticamente los únicos centros de cultura. Sólo se saldría parcialmente de ello con el auge dela vida urbana y el nacimiento de las universidades, pues hasta entonces sólo los clérigos habrían recibido instrucción formal. --- La difusión de las influencias europeas a través de la ruta de peregrinación de Santia-go . De esta forma se extendieron las reformas cluniacense y cisterciense entre un monacato anteriormente autóctono y el rito romano sustituyó al mozárabe. Algo similar ocurrió con la poesía épica (Cantar del Mío Cid) y con la lírica provenzal. al igual que con el arte románico, el Derecho Romano,... --- Sin embargo, la Península sirvió por su parte como puente cultural con el Islam , enton-ces más avanzado que Europa, al haber recogido en su momento el fondo cultural "mediterráneo". Hispanos cristianos, musulmanes, mozárabes, judíos y europeos llevaron a cabo entre los siglos X y XIII una formidable labor de traducción y difusión de la filosofía (Aristóteles, Averroes,..) y la ciencia (matemáticas, medicina, astronomía,..) islámicas primero al latín y luego a las lenguas roman-ces en Ripoll, Toledo, Sevilla,.. --- El nacimiento y la consolidación de las lenguas románicas (s. VIII/X y XI/XIII): mozárabe, gallego, portugués, leonés, castellano, aragonés, catalán,.. mientras el área vascona siguió expre-sándose en vascuence. El latín quedó reducido quedó reducido a lengua eclesiástica. --- No debemos olvidar el desarrollo de sucesivos "renacimientos" artísticos que cubren con su huella toda Europa: románico, gótico...


El cid "Campeador"

Mucho de lo que sabemos del Cid se lo debemos a las investigaciones de Ramón Menéndez Pidal. Poco importa que el propósito (o la conclusión) fuera encontrar un arquetipo del alma castellana, un símbolo de la sobriedad y el heroísmo, un referente de los protoespañoles. Gracias a la historiografía cristiana en latín o en incipiente lengua vernácula, diplomas y documentos de la época se puede trazar una biografía alejada de la fantasía épica, pero que casa bastante con el mito.Que luchara favor y en contra de moros y cristianos era una práctica muy común en la época. Que haya sido utilizado como metáfora del casticismo y de la unidad patria no resta importancia a sus gestas. En un tiempo en que los suyos necesitaban héroes allí estuvo él.

La vida y hazañas bélicas de Rodrigo Díaz no son las historias que se narran en el «Poema del Mío Cid», pero se le parecen bastante.

Nace en torno al año 1040 en el seno de una familia de infanzones (la parte más baja de la nobleza de entonces) en Vivar, una aldea al norte de Burgos.

Educado en la corte junto al príncipe Sancho, se piensa que su primer contacto con la sangre fue en la batalla de Graus, en mayo de 1063. En su debut, las tropas castellanas tuvieron a las moras como aliadas contra el enemigo común, los aragoneses. Ganaron los de Rodrigo. Sancho fue proclamado rey de Castilla en 1065 y una de sus primeras decisiones fue nombrar a Díaz general en jefe de su ejército. En este papel participó en las guerras fratricidas de su monarca contra Alfonso (León), García (Galicia) y Urraca (Zamora). No hay constancia de ninguna embajada como emisario ante doña Urraca, ni persecución contra Vellido Dolfos ni jura de Santa Gadea. Estos hechos pertenecen a la leyenda poética.

Con Sancho muerto en combate a la entrada de Zamora, Alfonso es coronado rey de Castilla y de León. Como todos los que apuestan por el caballo perdedor, el Cid quedó arrinconado en un palacio donde imponía sus designios la familia Ansúrez. Alfonso, no obstante, era sabedor de las condiciones militares de aquel valiente de Vivar. Para reconciliarse le propone matrimonio con su prima, Jimena, nieta de Alfonso V de León. La boda se celebra en Burgos, en 1074, donde se conserva la carta de arras.

En 1079 se encarga al Cid el cobro de las parias, impuesto que el caudillo moro de Sevilla de nombre Mutámid debía pagar todos los años. Camino de su objetivo es atacado por los moros de Granada, aliados en esta ocasión con los hombres del conde García Ordóñez. El Cid los vence en Cabra y mantiene durante tres días prisionero al conde, que a su vuelta a la corte se queja al rey. Al tiempo cobra fuerza el rumor de que el Cid se había quedado entre las uñas con parte del tributo, una comisión al estilo de esa España sempiterna cuyas prácticas hunden su origen en la noche de los tiempos.

La campaña contra el Cid va calando y su ardor guerrero le terminó de enemistar con el monarca. En 1081 lanzó un ataque contra el reino moro de Toledo, en tregua con Alfonso, apresa a 7.000 cautivos y recauda un gran botín. No hay vuelta atrás. Alfonso no tiene otra opción que desterrar a Rodrigo y privarle de todas sus posesiones. Le da nueve días para abandonar el reino. En la nueva aventura le acompañan vasallos, familiares y un puñado de buscavidas.
Encamina sus pasos hacia Barcelona y luego a Zaragoza, donde los moros le acogen con cierta simpatía. El destierro le obliga a buscar alianzas con el enemigo natural, al que ofrece sus conocimiento militares. En una época en que las lealtades dependían del interés puntual no resultaba extraño que un caballero cristiano sirviese a príncipes musulmanes. De 1082 a 1089 ejerce como jefe del ejército del rey de Zaragoza. En este puesto sofoca una sublevación y lucha contra los cristianos catalanes y aragoneses. En una de estas acciones, en 1082, captura al conde de Barcelona. Evita, no obstante, enfrentarse con Alfonso. Ese mismo año el rey castellano sufrió un intento de asesinato en Rueda. El Cid le ofreció su ayuda y el rey le correspondió con la renovación del decreto de destierro.

La llegada de los almorávides a la Península obliga a Alfonso a replantearse la relación con el Cid, al que levanta el destierro en 1087 y devuelve sus tierras. Pero sigue sin tener sitio en la corte, por lo que retorna a Zaragoza en 1088, aunque a partir de ese momento fija su objetivo en la conquista del reino de Valencia. El monarca castellano le asigna la posesión de todas las tierras que pudiera conquistar en la zona de Levante, pero un error en su intento de ayudar a las tropas del rey cerca de la localidad murciana de Aledo, en junio de 1089, con el resultado de una estrepitosa derrota, motiva un segundo destierro.

LaTizona, la espada del Cid


Este nuevo rechazo real le espolea en su empeño de conquistar Valencia, a cuyo rey Alcádir exigió un tributo. Cuando los almorávides asesinaron a Alcádir, protegido del Cid, éste ordenó sitiar la ciudad con un ejército de 8.000 hombres, voluntarios todos. Que alguien fuera capaz de reclutar semejante número de personas ofrece una imagen de su poder de convocatoria. En junio de 1094 las tropas cristianas ocupan la ciudad. Comienza entonces una nueva era en la zona. El Cid defendió la ciudad de la presión almorávide e incluso extendió sus dominios. En la batalla de Consuegra (1097) perdió a su hijo Diego. Rodrigo Díaz de Vivar muere en 1099. Desde ese momento nace la leyenda.

Su contribución militar a la Reconquista fue el haber actuado de freno a la presión almorávide en el Este de España y demostrado que aunque fieros no eran invencibles. En 1101 su viuda Jimena y los fieles tienen que abandonar la ciudad ante el empuje musulmán. Los restos del guerrero fueron llevados entonces a Cardeña.

El Campeador no fue solamente un arrojado guerrero. Era un gran conductor de tropas, capaz de maniobras dinámicas y desconcertantes en el campo de batalla. Conoce a la perfección toda la estrategia militar de la época: toma por sorpresa, treta de abandono del cerco, juego de emboscada combinada con ataque frontal, doble carga de caballería...

Según los expertos, su táctica es mitad mora, mitad cristiana. Usa la algara o incursión de las tropas de caballería en un ataque rápido, también conocida como razia o aceifa. Sus acometidas revelan un prodigio de resistencia física y de facilidad en la maniobra. Cálculo e improvisación a partes iguales: un genio de la milicia.

Resulta normal su mestizaje militar, pues ha aprendido a luchar al lado de los moros de Zaragoza y Sevilla. Cuentan que durante las comidas se hacía leer historias de los grandes guerreros árabes y que instruía a sus caballos al redoble del tambor.

PARA SABER MÁS, VER:

VEMOS CINE 

EL CID

Cid «Campeador»: ese agente doble que luchó a favor y en contra de moros y cristianos
Como otros tantos mitos, la figura del Cid traspasó continentes. Hollywood no dudó en hincarle el diente en la época de los largometrajes de carácter histórico. El filme se rodó en España en 1961 con la producción de Samuel Bronston y la dirección de Anthony Mann. Charlton Heston encarnó a Rodrigo y su prometida doña Jimena fue Sofia Loren. Es una película con leyendas urbanas como que en cierta escena al Cid se le observa un reloj de pulsera o que en otro momento a los guerreros musulmanes se les ven unas zapatillas deportivas o que incluso se notan sobre la arena las huellas de un automóvil. Amén de los dimes y diretes la anécdota digna de reseña es que el propio Heston se entrevistó en Madrid con Ramón Menéndez Pidal para conocer en profundidad al personaje y poder meterse en su piel.

PARA SABER MÁS, VER: CINE-HIS-ESPAÑA-MEDIEVAL



BIBLIOGRAFÍA

Miguel Artola: «Enciclopedia de historia de España». Alianza. Madrid 1988
René Fédou: «El Estado en la Edad Media». Edaf. Madrid 1977
Jean Carpentier y François Lebrun: «Breve historia de Europa». Alianza. Madrid 1994
Fernando García Cortázar, y José Manuel González Vesga: «Breve historia de España». Alianza. Madrid 1994
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