922 El inicio del poblamiento en Andalucía y su problemática



El inicio del poblamiento en Andalucía y su problemática

Si el estudio de la Prehistoria siempre es complejo, para el caso de Andalucía se incrementa la dificultad, por los enigmas que van surgiendo y que el arqueólogo debe interpretar. A ello sumamos que Andalucía en su Prehistoria no presenta la unidad geográfica ni cultural que conocemos. El profesor Pellicer Catalán establece tres áreas o círculos culturales en nuestra región (Pellicer, 1992):

-El círculo Oriental, sumamente montañoso

-El círculo Occidental, cuyo eje vertebrador sería el Guadalquivir y las tierras abiertas de su valle

-El círculo de la Costa Meridional, que desde Gibraltar hasta Almería participa de los dos círculos anteriores

Los primeros signos de poblamiento datan del Paleolítico Medio, encontrándose en Andalucía restos de Homo Neardentalensis en distintas comarcas como el campo de Gibraltar, la zona granadina de Guadix-Baza, la fachada Atlántica de Cádiz-Huelva y la cuenca del Guadalquivir. Del sucesor Homo Sapiens Sapiens hay huellas en la cueva de La Carigüela de Granada, en Almería, y en diversas cuevas de Málaga, estas últimas con restos de pinturas rupestres: Cueva de Nerja, Cueva de la Pileta, Cueva del Gato. A partir del Neolítico las zonas costeras mediterráneas son avanzadillas culturales, terminando la etapa con la Cultura de Almería. El registro Neolítico en Andalucía es particularmente interesante y presenta una problemática abordada en los años 80 (Olaria,1986;Pellicer,1992). Tradicionalmente se consideraba que la aparición del Neolítico iba asociada a un tipo de cerámica concreta, la "cardial o impresa", sirviendo ésta como guía y prueba de la expansión del Neolítico desde Oriente Medio hacia el resto del Mediterráneo. Sin embargo, el análisis de cerámicas no cardiales en el sur de España ha dado una cronología antiquísima, apareciendo esta manifestación asociada a la tipología socio-económica del neolítico. De los análisis de fauna, flora domesticada y cerámica se puede deducir que en la Península Ibérica existieron unas condiciones objetivas por las cuales las comunidades indígenas autóctonas del Mesolítico evolucionaron progresivamente hacia un estadio cultural neolítico, sin necesidad de ser aculturadas por grupos orientales. Así el origen de las primeras manifestaciones neolíticas en el Mediterráneo Occidental fue prácticamente sincrónico. En este área pueden constatarse en fechas muy tempranas la existencia de dos grupos neolíticos, uno "cardial" y otro "no cardial", con características particulares en cuanto a industria lítica, ósea, pintura parietal, y adaptación territorial (Olaria,1986). Dentro de este contexto el Neolítico Andaluz parece el más arcaico de la Península, si bien la agricultura se desarrolló primero en Levante y los grupos andaluces, de raíz cazadora, tendrían una base económica pastoril con un primer desarrollo de proto-agricultura. Los primeros cereales se encontraron en la Cueva de Los Murciélagos de Zuheros (Córdoba), con una cronología de finales del V Milenio a.C. , mientras que los encontrados en la Cueva de Nerja, pertenecerían al IV Milenio a.C. Estos grupos serían de cerámica "no cardial" el primero, y de "cerámica cardial" -datada en La Carigüela- el segundo; constituyen los dos focos principales del Neolítico Andaluz y "desmarcándose" del gran círculo cardial del mediterráneo occidental [ii] Como cronología del Neolítico, Pellicer propone un inicio hacia el 5500 a.C. y un final hacia el 2800 a.C.


En el período Calcolítico sobresale la cultura de Los Millares, también en la provincia de Almería, con un importante y desarrollado conjunto defensivo. Este tipo de conjuntos se encuentran en otras comarcas, destacando uno excepcional en Lebrija, cuya cronología data del Neolítico Medio. Con descubrimientos similares se va desbancando la teoría del difusionismo del calcolítico desde focos orientales, y cobra fuerza una interpretación similar a la del Neolítico: la evolución autóctona desde el Neolítico y Eneolítico, con ciertos contactos exteriores. Así descubrimos que el Calcolítico de Andalucía es con probabilidad el más antiguo de la Península Ibérica. (Pellicer,1986;1992) La vieja cronología de Millares I y II ha sido superada por la señalada como "inicial" de Andalucía Occidental. Hay que matizar que la presencia o ausencia de cobre no define al Calcolítico Inicial, ya que es un elemento de poca signficación en relación a otros de tipo material o espiritual. No obstante, los primeros ensayos metalúrgicos en el Valle del Guadalquivir y Huelva se remontan a finales del IV milenio; para la Cueva de Nerja la fecha inicial sería el principio del III milenio.

Los dos grandes fenómenos que definen al Calcolítico van a ser:

-la profusión de poblados (andaluces y portugueses) con fortificaciones de murallas y torres circulares de piedra

-la difusión del megalitismo, cuyas tempranas fechas en torno al IV milenio a.C. hacen descartar un origen oriental frente al más plausible inicio atlántico dentro del neolítico.

Para la historia del poblamiento de Andalucía la Edad del Cobre se presenta como un período particularmente interesante. Hemos citado ya la proliferación de asentamientos o poblados, hecho que parece coincidir con un aumento poblacional autóctono sin aportes exteriores de nuevos grupos ni migraciones, especialmente para la zona occidental . En palabras de la doctora Rosario Cruz-Auñón Briones en el III Milenio se asiste "a la más antigua eclosión demográfica de este sector regional, humanizándose una amplia gama de paisajes, incluso algunos de ellos por primera vez."(Cruz-Auñón, 1992). Por el contrario, en un momento inmediatamente anterior -Neolítico- y posterior -Bronce Pleno y Final- se registra una expresión de poblamiento totalmente diferente. Esta peculiaridad no está aún bien explicada, pues debe conectarse a la casuística del momento histórico en que dicho auge poblacional ocurrió. El gran número de yacimientos descubiertos e investigados en Andalucía Occidental pueden sintetizarse en dos tipos genéricos:

-Poblaciones que siguen manteniendo su tradicional medio como las cuevas, hábitats mantenidos [iii] que parecen conservar una tradición neolítica en su base económica, con la opción de añadir la explotación de algún otro recurso (lítico, metalúrgico, agropecuario), participando así de un tipo de realción socio-económica más compleja, más propio del período del cobre.

-Poblaciones de nuevo medio o de fundación "ex novo", con las que el hombre ocupa zonas que estaban prácticamente vacías desde el Paleolítico inferior.[iv] Muchos de ellos se encuentran a escasa distancia entre sí, dando lugar a núcleos poblacionales concentrados y con "aspecto urbano".

Los poblados tienden a la concentración en grandes áreas ubicadas en puntos estratégicos, dominando zonas fértiles, con defensas artificiales, y cuyas conexiones y orígenes egeos se están descartando. Dada la ubicación de estos poblados, generalmente en zonas abiertas a pasos y cañadas, puede darse por seguro el intercambio comercial entre distintas áreas con alguna regularidad, sobre todo por la facilidad de comunicación entre zonas agropecuarias y zonas mineras. Las relaciones con el norte de Africa cobran más verosimilitud, confirmadas por la presencia de "industrias del marfil" , por la abundancia de cuentas de huevo de avestruz y por la difusión, constatada, del campaniforme hispano en yacimientos norteafricanos. Otras características del fenómeno poblador se refieren a la extensión y tipología de las viviendas. Algunos asentamientos pueden alcanzar gran superficie, como el de Valencina de la Concepción que alcanza las 20 Has. Son lugares sin planificación urbana, con viviendas dispersas de planta circular y oval -raramente rectangular o abisal-, entre las que se crean espacios vacíos. Las habitaciones suelen construirse con zócalo de piedra y muros de tapial y adobe, y techumbre cónica sostenida por un eje central. En el interior del poblado se abren silos de estructura ovoide con fondo plano o de tendencia troncocónica. Son tan abundantes en la rica tierra cerealística del Guadalquivir que las primeras excavaciones dieron lugar a hablar de la "Cultura de los Silos" (Carriazo,1974). Suelen aparecer asociados a zanjas y pozos, las cuales han sido interpretadas como drenajes del almacenamiento y como posibles vertederos.[v] Este tipo de hábitat se constata para todo el Guadalquivir, las zonas de Campiña y, sin solución de continuidad, en Portugal hasta el Tajo.

Generalmente se entiende que la fase final del calcolítico la constituye la Cultura del Vaso Campaniforme. Esta sigue planteando una problemática muy controvertida, descartada ya aquella teoría que fijaba en Carmona el origen de este estilo internacional. Hoy día se piensa más bien que el campaniforme continental, muy representado en Carmona y con magníficos ejemplares, adopta técnicas y motivos decorativos que ya existían en el sustrato calcolítico, un milenio y medio antes de la aparición del fenómeno como tal. Nos sirve sin embargo para constatar que a partir de la aparición de esta cultura se difunde y generaliza la metalurgia del cobre por el sur peninsular. Para Andalucía Oriental la estratigrafía del Cerro de la Virgen de Orce muestra clara la evolución del Calcolítico y el Campaniforme. En Andalucía Occidental el ambiente general del final del período es muy arcaizante, interfiriéndose con un bronce inicial no muy claro, pero manteniendo prolongadas perduraciones, como más adelante matizaremos. La zona del Valle del Guadalquivir resulta una región innovadora de culturas y a su vez decididamente conservadora, en la que el calcolítico duró aproximadamente un milenio y medio, implantándose un horizonte cultural epicampaniforme (Pellicer,1986) La ausencia de una cultura floreciente y rica en ese Guadalquivir que conecta con las grandes zonas mineras de Sierra Morenay Río Tinto, la cual que no se manifiesta hasta el Bronce Final, está esperando aún una explicación de los investigadores.
FUENTE: celtiberia.net

 

PARA SABER MÁS:

EL PRIMER ANDALUZ

La importancia del hallazgo, en la aldea de Venta Micena, de lo que científicos y medios de comunicación han dado en llamar el «hombre de Orce», corrobora el carácter indigenista de la sucesiva evolución y presencia humana en nuestra geografía andaluza. No se trata de chauvinismo o de rizar el rizo en función de un nacionalismo estéril y a macha martillo; de lo que se trata, sencillamente, es de que de acuerdo con los estudios estratigráf1cos y paleontropológicos llevados a cabo, tienen estos restos una antigüedad de no menos de novecientos mil años y no más de un millón seiscientos mil. Ni más ni menos que la primera muestra humana de Europa y Asia.
El que se haya encontrado en Andalucía, y no en otra zona de la Península, tampoco es casualidad, como tampoco es casualidad que las variantes del Australopithecus africanus y Australopithecus robustus (antes llamado Paranthropus) sean originarias del continente hermano de África. Los ejemplares del género Australopithecus eran omnívoros y vivían en llanuras o colinas muy parecidas a las descritas por los estudiosos de tan importante hallazgo: "Un auténtico paisaje africano. Una zona montañosa, rodeada de lagos, a los que iban a parar rieras y torrentes; en los bordes se extendían amplios márgenes boscosos y praderas que en algunas áreas pasarían a zonas pantanos as y húmedas». Otro investigador, E. Boné, describe de forma prácticamente idéntica el biotipo africano: "Oscilaba entre una selva más o menos densa y la sabana herbosa, donde jamás han faltado grandes reservas de agua». De tal forma que nuestro hombre del Mioceno descubierto en Orce, pese a quien pese, es netamente andaluz y, como casi siempre, con parentela africana.
Y, en efecto, constatamos que en los orígenes de los tiempos tiene lugar la formación del horno sapiens, nuestro territorio, Andalucía, no estuvo unido continentalmente a Europa. Podeis ver una idealización no cientifica en http://www.tartessos.info/html/iberia3.htm.

En el Mioceno no existía el estrecho de Gibraltar, formando Andalucía un conjunto unido al norte de África a modo de una gran isla subcontinental que algunos estudiosos dieron en llamar Orospedana. Del continente europeo la separaba, en un principio, un mar de doscientos kilómetros de anchura que se corresponde con la baja meseta castellana, dando lugar, más tarde, a una compleja y laberíntica red de canales oceánicos que, en sentido suroeste-noroeste, comunicaban lo que más tarde se llamó océano Atlántico y mar Mediterráneo.

La Penibética:
La boca atlántica de tal comunicación era única y espaciosa, abriéndose a modo de amplísimo golfo hacia el suroeste, entre el escarpe que llamamos Sierra Morena -la Bética- y la auténtica y posterior cadena montañosa Penibética. Al sur, en el Magreb, el valle del Sebú, desde Rabat a Fez, y también el pasillo de Tazza; constituyeron otro inmenso canal Atlántico-Mediterráneo que separaban el actual Rif y la meseta marroquí del continente africano y sus costas norteñas del Atlas (Y. González Barberán «Guadalquivir». Jerez de la Frontera 1977). De suerte que el complejo andaluz-berberisco, aquella gran isla, constituyó un subcontinente con entidad propia, intermedio entre Asia, África y Europa, situándose Andalucía y el norte de África en el posterior triángulo civilizador y enigmático de las grandes culturas antiguas. Ello tampoco es casualidad y debe ser de dominio público, especialmente para los andaluces, ya que de lo más profundo de esta realidad nace la gran cultura andaluza de! dolmen y el vaso campaniforme.

Es conveniente dar a conocer que, tras el hundimiento del Estrecho y la ascensión de nuevos territorios -entre ellos gran parte de la actual meseta castellana-, permanece Andalucía como expresa admiración de una común geografía natural. En efecto, el Estrecho, antes cerrado e insular y abierto ahora a dos mares, siempre nos unió más que separó los paisanos del Magreb. Y, sin embargo, con la meseta, las barreras montañosas de la Bética y la Penibética han culminado profusamente los contrafuertes que separan y diferencian nuestra identidad de andaluces respecto a castellanos y otros pueblos de Europa.
Vemos, por otra parte, cómo desde la protohistoria, las razas que habitan las tierras de ambos lados del Estrecho -Andalucía y Magreb- tienen una idéntica formación étnica y antropológica. Nuestro horno sapiens era en general robusto, de alta estatura, frente bien formada Y occipucio redondeado. También existen tipos de negroides, que no sería de extrañar que descendieran de una población mucho más antigua, enraizada en Andalucía y el Magreb.

Expone González Barberán que, a fines de la era Terciaria, en el Pleisanceno (primera fase del Plioceno) predominan las dislocaciones y fracturas sobre los plegamientos, por hundimiento de los materiales del sinclinal, que desde la gran erosión del Secundario ocupaban el actual Estrecho. Se abrió éste al fin, elevándose por su punto más central el hecho de los canales marítimos que hemos mencionado. Se produjo el plegamiento alpino. El macizo de la Sagra, con su sierra y las de Cazorla, Pozo, Segura, Alcaraz, etcétera. En medio, aislados y luego elevados, quedaron una serie de lagos y cuencas cerradas de agua dulce: es el caso de las de Genil -vegas de Granada y Loja-, altiplanicies de Guadix, Baza y Huéscar, campo de la Puebla de Don Fadrique -laguna que duró hasta tiempos históricos-, además de otras muchas como las de Padul, Fuente Piedra, Archidona, Antequera, etcétera. En sus centros, emergían como islas residuos rocosos de épocas anteriores, como el Mencal, el ]abalón o la Peña de los Enamorados.


Al oeste queda formado lo que luego será el Valle del Guadalquivir, que en aquel momento contorneaba un golfo profundísimo por el que penetraba el océano Atlántico hasta Sierra Morena, lugar donde actualmente se asientan las bellas ciudades andaluzas de Cazorla, Pozo Alcón, Segura y Alcaraz. De esta forma evoluciona nuestro bloque geo-histórico. Este oriente encantador, mágico, andaluz e inaccesible.
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